martes, 16 de septiembre de 2014

Regresión

-Cierra tus ojos y comienza a relajarte- Dijo el doctor, sosteniendo un elegante péndulo con una amatista biselada en su extremo inferior.
La habitación era pequeña, con paredes acolchadas y un solo sillón elegante y una poltrona donde Fernando se halaba recostado. Había contabilizado en su mente la superficie del lugar y se sentía extrañamente cómodo, a pesar del reducido espacio.
-Toma aire profundamente y exhala muy lento- Agregó mirando a Fernando a los ojos.
-Concéntrate en tu respiración. Con cada respiro sientes cada vez más calma.
El sonido del tic tac del reloj de la muralla parecía cada vez más lejano.
-Imagina una luz blanca sobre tu cabeza. Concéntrate en ella a medida que fluye a través de todo tu cuerpo.
La voz parecía cada vez más lejana.
-Permítete llevar, a medida que caes más y más profundo a un estado mental de total relajación.
-A medida que cuente de diez a uno, sentirás paz y calma.
-Diez. Entrarás a un lugar seguro en que nada puede dañarte.
-Nueve…
-Ocho…
-Siete…
La voz se había alejado aún más. Aquella voz grave y rasposa del doctor ya no era parte del mismo plano donde estaba Fernando. Había migrado, sin poder determinar el instante exacto en que lo había hecho, a un plano diferente. No era superior ni tampoco un plano inferior. Era como si la voz estuviera atravesando, a duras penas, un velo invisible y desconcertantemente denso y delgado a la vez. Era como si la voz fuera parte de él y a la vez no. Esa sensación fue agradable en extremo, calmante y tranquilizadora. Fernando sólo se dejó llevar.
-Seis…
-Cinco…
-Cuatro…
-Tres…
El doctor tomó una bocanada de aire, encendió un cigarrillo, y continuó.
-Dos…
-Uno…
La amatista se detuvo. Fernando yacía recostado en la misma posición que había tomado allí desde que el guardia quitó sus esposas y le dijo que se recostada, para esperar al doctor que no tardaría en llegar a la sala.
El doctor depositó la amatista y su cadena suavemente en su regazo, cuidando de no hacer ruido alguno, tomó su cuaderno de notas desde su maletín de cuero, una grabadora de bolsillo y comenzó a grabar. Dio unos segundos antes de hablar, para que el silencio se apoderara del lugar.
-14 de Junio de 1982.
-Reo número 151468. Ha respondido bien- Dijo ojeando el expediente que se le había entregado.
-¿Cuál es tu nombre?- Preguntó al cabo de unos segundos.
-Fernando.
-¿Hace cuánto estás aquí?
-Hace catorce meses.
-¿Por qué estás aquí?
-No lo recuerdo.
-Trata de recordar algo reciente. ¿Recuerdas esta mañana? ¿Qué desayunaste esta mañana?
-El desayuno entregado…
Fernando hablaba pausadamente. Hablaba con una calma pastosa, una calma que jamás lo había caracterizado. Estaba sumido en un profundo trance.
-El desayuno entregado fue un trozo de pan con salami, una taza de café y un poco de mermelada.
-Bien. Retrocedamos un poco más ¿Puedes? Quiero que vuelvas a unos meses atrás. Volvamos a la noche de año nuevo antes de llegar acá.
-Estoy en una fiesta. Están todos contentos. Menos yo.
-¿Está la joven allí?
-Siempre está conmigo. Esa noche discutimos.
-Dame más detalles, por favor.
-Luego de beber ese trago, hice un comentario que no le gustó. Estaba inusualmente furiosa por ello, como si hubiera estado mordiéndose la rabia por meses. Le dije que lo sentía, pero eso empeoró todo.
-¿Qué comentario hiciste?
-Le dije que el color rosa no le sentaba bien, que más bien prefería el celeste. Que hacía relucir sus ojos de un modo especial. Intenté suavizar la conversación con palabras bellas y con comentarios agradables, pero ella estaba empecinada en discutírmelo todo.
-¿Recuerdas el suceso aquella noche?
-Poco. Estaba muy bebido. Luego de la discusión y su rostro enfurecido decidí borrar esa noche con alcohol y drogas. Ella no lo tomó a bien y me dejó solo, con mis copas y mis píldoras.
Fernando comenzó a disgustarse, y su expresión corporal fue de total incomodidad. Encogía sus hombros y retorcía sus piernas fuertemente. Su rostro comenzaba a ponerse rojo y s cuello estaba tenso y marcado por su musculatura, ahora visible.
-Recuerda que estás en un lugar seguro. Todo esto es una memoria. Tranquilo, por favor. Necesito que recuerdes un poco más adelante. La noche en el apartamento.
-Estoy ensangrentado. Mis manos están pegajosas y con heridas. Ella está tendida en el piso de la cocina, sobre su costado. Sus ojos están abiertos y quitos de vida. Nublados. Estoy asustado. Hay un cuchillo junto a ella.
-Has avanzado mucho, retrocede un poco más
-La discusión sigue. Se ha tornado más violenta. Nunca había visto sus ojos así, iracundos y llenos de odio. Creo que debe haber algo más. Quizá ella lo sabe y por eso se ha puesto así.
-Deja que el recuerdo te invada. Déjalo ingresar.
-Le he pedido que se detenga. No quiero hacerle daño, pero me está obligando a hacerlo.
-¿Qué más?
-Tomó la vasija de ónix. La vasija de su abuela, y ha tirado las flores al piso. Me está amenazando con ella. ¡Intenta golpearme!... ¡Está furiosa!
-Tranquilo, Fernando. Son sólo recuerdos. Nada puede hacerte daño aquí.
Fernando seguía visiblemente incómodo. Estaba en posición fetal, sosteniendo su barriga y de hombros encogidos. Las lágrimas comenzaban a brotar.
-¿Qué haces tú?
-Me escondo tras el sillón, pero me alcanza. Estamos forcejeando por la vasija. La navaja suiza que había perdido hace semanas cae desde el interior de la vasija y queda allí tirada.
-¿Y qué ocurre?
-Ambos miramos la navaja por un segundo. Luego me miró y se abalanzó sobre ella. Temí por mi vida, y me lancé también a por ella. Forcejeamos un rato, hasta que logré tomarla. Puse mi mano derecha en su pecho para detenerla.
-¿Luego?...
-Está furiosa. No se detiene. Me ha intentado morder. Hago fuerzas y la logro reducir. Con todas mis fuerzas la detengo en el piso, e intento hacerla entrar en razón.
Ya había transcurrido más de una hora, y Fernando estaba sudando. Tenía su frente mojada y su pecho inflamado. Había comenzado a jadear de un modo preocupante, y ello obligó a dejar la sesión para la siguiente semana.
-Has hecho un buen trabajo. Ahora volveremos. Quiero que despiertes cuando cuente hasta tres. Abrirás los ojos y sentirás calma, paz y sabrás que todo ha sido un recuerdo.
-Reo 151468 ha respondido bien- Dijo el doctor a la grabadora.
-Cuando diga tres, despertarás, Fernando. Ahora respira tranquilo.
-Tres…
-Dos…
-Uno… Despierta.
Fernando abrió los ojos, lentamente, se incorporó en posición de decúbito y respiró profundamente. Limpió una lágrima de sus ojos y miró al doctor por un segundo.
-¿Cuánto he dormido?
-Lo suficiente. Has hecho un buen trabajo.
-Yo no la maté, doctor. Yo no la maté.
-Eso lo veremos. Para eso estoy aquí.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Escondite

Otro soldado ha ingresado a la sala. Le ha dicho algo al teniente al oído.
-Retírese, soldado. Deje abierto el portón- Dijo el teniente.
Cuando se abrió el portón de acero, las bisagras rechinaron como el bramido de un ave de rapiña en picada hacia su presa, el sol penetró instantáneamente dentro de la fría y húmeda habitación que había permanecido oscura por horas, y el calor de aquella tarde de primaveral rodeó su cuerpo de forma rápida y progresiva, como miles de dedos calientes acariciando su cuerpo desnudo y helado.
-¿Ves aquella haya, allá afuera?- preguntó el teniente, blandiendo un cuchillo de bolsillo y mango de marfil, amenazante, mirando fijamente y apuntando a ratos con su cuchillo.
Su mirada permaneció perdida en el marco del portón. El calor ya había ganado terreno, apoderándose de las zonas más heladas de su cuerpo, y ello le producía una sensación de agrado difuminada por todo su interior. Era el mayor placer que había sentido desde que había ingresado a esa sala y probablemente el último que sentiría.
-¡Te he hecho una pregunta!- insistió el teniente, esta vez acercando su cara a centímetros de la suya. Sus ojos se cruzaron en ese instante.
-Si no te he obligado a que me lo chupes, ya no lo hice. ¿No lo ves?- dijo el teniente, a centímetros de su rostro y apoyando su cuchillo en la base de su yugular izquierda, produciendo un pequeño corte del que brotó una pequeña gota de sangre.
-Te he preguntado si has visto la haya, allá fuera. 
-Sí, la veo- contestó, girando su cabeza hacia la derecha de inmediato. Tartamudeando y con un hilo de saliva ensangrentada fluyendo desde la comisura de su boca.
-Te voy a proponer un pequeño juego- agregó. Lo hizo sin retroceder, sino avanzando aún más y acortando la distancia que separaba sus rostros, hasta que su nariz rozó su oído izquierdo, y de inmediato recogió una bocanada de aire del pelo que allí estaba.
-¿Un juego?...
Las intenciones del teniente no eran claras, lo que sí era seguro era que se traía algo macabro entre manos.
-Si puedes llegar a la haya, antes de diez segundos, eres libre. Si no llegas, me perteneces y haré contigo lo que me plazca. Lo creas o no, me han puesto límites contigo. Ahora si yo gano, eso significa que nuestra particular reunión continuará hasta que hables y me digas lo que quiero saber o hasta que tu cuerpo se rinda.
-¿Ah?...
-Tus amarras están sueltas.
-Diez...
-Nueve...
-Ocho...
No habría otra oportunidad. Tenía que intentarlo. Se puso de pie tan rápido como pudo, y en ese instante un intenso mareo subió a su cabeza como la espuma de una cerveza agitada se levanta y escapa el vaso. La habitación daba vueltas alrededor suyo.
-Siete...- continuaba el teniente, con su mano en su cintura y su cuchillo en la otra mano.
-No siento mis pies- pensó.
El intento por levantar su pie derecho y llevarlo delante del izquierdo fue totalmente inútil. La rodilla estaba, de un extraño modo, desconectada hacia abajo y su pie parecía un zapato ajeno, pues no respondía a las órdenes que le daba, aunque intentara con todas sus fuerzas.
En eso, perdió el equilibrio, a causa tanto del mareo como de la mala postura, y su cuerpo se balanceó hacia adelante. En una fracción de segundo se dio cuenta que la caída era inminente, y no habría nada que pudiera hacer al respecto. Sólo cruzó sus manos protegiendo sus senos, y se dejó caer de bruces al piso de tierra, como un árbol recién cortado por un leñador.
-Es el fin- pensó
-¿Continúo la cuenta?... no me parece.
Ya no podía hablar. Su boca cerrada, su lengua mordida por la reciente caída y su saliva entremezclándose con la tierra y la sangre, la dejaron muda. El teniente se agachó junto a ella, volvió a recoger el aroma de su pelo, y apoyó el frío acero de su cuchillo en la espalda de la mujer.
-Una pequeña clase de anatomía: El tendón de Aquiles es indispensable para caminar. Tu novio ha hablado en la celda de al lado, después de todo- Dijo el teniente a su oído, recogiendo el pelo de Amanda.
-Ya sabemos dónde esconden las armas. Ya no te necesito. Sólo me falta una cosa- Dijo el teniente levantándola desde el pelo, arrastrándola violentamente y sentándola de un golpe en su silla.
-¡Déjennos solos!- gritó el teniente. 
Acto seguido llegó un soldado a paso raudo, hizo el gesto de respeto de rigor y cerró el portón de acero.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Alameda de las delicias

Vagones transportando a cientos de personas a sus destinos con una rapidez asombrosa. Gran parte de los ciudadanos hablando por celular. Microbuses. Iluminación pública y edificios tan altos como una montaña. El grandioso Mapocho a sus anchas.
- ¡Don Pedro! – dijo un soldado que lo despertó abruptamente.
- Don Pedro, tenemos noticias que vienen de la Araucanía – agregó el soldado.
- Sí, ésta será una gran ciudad – pensó don Pedro, sin prestarle mucha atención al alterado soldado.

jueves, 11 de septiembre de 2014

El coleccionista de sueños

El antiguo teléfono sonaba insistentemente sobre la mesa de centro, en la planta baja de la casa. El intenso ruido lo hacía vibrar y la vibración emitida por el aparato se trasmitía delicadamente hacia el pequeño florero ubicado al costado de éste. Las hojas de polipropileno vibraban al son del ring del antiguo y maltrecho teléfono y él casi… casi podía oírlo. La casa estaba vacía hacía ya más de dos horas, y yacía sumida en una oscuridad completa. Jaime, por otro lado, se encontraba escondido dentro de su closet, como lo acostumbraba hacer desde que era un niño.
A las seis de la tarde, ni un minuto antes ni después, subía los catorce escalones tapizados en alfombra, uno a uno, usando sus enormes pantuflas de león, sus manos en sus bolsillos y su mirada perdida en el piso, mientras entonaba alguna melodía que recordaba de su tormentosa niñez.
Eso; y las periódicas visitas de su media hermana mayor; Delfina; lo hacían perfectamente feliz. Sabía que luego de los ciento veintiséis segundos que le tomaría subir hasta el final de la escalinata quedarían tan solo veintidós pasos al dormitorio hacia el final del pasillo. Sabía que en su closet lo estarían esperando, como cada día a esa hora, sus amadas dieciséis figuras de soldados en perfecto y meticuloso orden, los cuatro abrigos y cinco camisas del señor Mortenson con su fuerte olor a naftalina y, en la repisa superior junto a la caja de zapatos que había sido rotulada en marcador permanente negro como prohibida, su colección de noventa y ocho frascos de mermelada. Todos con sus tapas, y cada uno con una pequeña cinta de cinco centímetros y medio adherida a la perfección de forma horizontal con la fecha correspondiente al envasado. Todos a precisos ocho milímetros de distancia unos con otros y todos, sin excepción, vacíos y limpios en su interior.
Su privilegiada memoria guardaba todos y cada uno de los sueños que había vivido desde el día que su conciencia ingresó violentamente a su cuerpo y abofeteó su existencia con un golpe de yo. Desde aquél entonces su maravillosa memoria guardaba y contenía cada detalle de los sueños que su privilegiada mente había creado. Cada frasco contenía sus sueños, guardados celosamente en su colección de recuerdos oníricos, no como una ayuda de memoria; puesto que realmente no la requería; sino como un altar de adoración a sus más bellas creaciones.

-Toc, toc- Dijo una voz fuera de la puerta.
-¡Delfina!- exclamó Jaime, al reconocer de inmediato las vibraciones en el tono de voz de su hermana mayor.
-¿Cómo está allí dentro, querido?- preguntó, sin abrir la puerta, e intentando colar su ojo derecho por la pequeña rendija.
-¿Cuál querrás hoy?- agregó Delfina.
Jaime no lo dejaría al azar. Tomó impulso con su pierna derecha, inclinándose sólo dieciocho grados, y dio un salto de treinta centímetros. Era el frasco cuarenta y siete, de la noche del 14 de Junio de 2000. Lo tomó con su mano derecha y salió rápido del interior del closet, corrió seis pasos hacia su hermana, y la abrazó con fuerza.
-Este- dijo mientras le pasaba el frasco vacío.
Jaime se recostó en posición transversal y Delfina cogió una almohada.
-Te escucho.

14 de Junio de 2000:
Bitácora del capitán
25 de Agosto de 1859
El barco ha sido asaltado por sorpresa por un grupo de corsarios de la costa oeste de Córcega, secuaces del temido berberisco Sarguel Melekiv, y hemos perdido el cargamento de especias y metales trocados con indias, además de mi contramaestre principal, a manos del sub-coronel de los corsarios enemigos: Era un hombre de baja estatura, moreno, con su cabeza completamente rapada y falto de uno de sus ojos. Su nivel de violencia y habilidad con su sable curvo me tomó por sorpresa. Me pregunto de dónde obtendrán esta clase de instrucción. La fruta también la hemos perdido.

26 de Agosto de 1859
Ha llovido durante toda la noche. El agua ha renovado parcialmente las reservas de los toneles, pero ha diluido el último tonel de vino también. Ha servido también de un rápido y eficaz aseo a mis tripulantes aún con vida, y ha ofrecido una pequeña tregua a los heridos. Ha limpiado la sangre de la cubierta tan rápido como el ataque que diezmó mi tripulación anoche. Se ha mojado la pólvora restante y se ha esparcido tras los únicos dos cañones sin averías que nos quedaban.

-¿Estás bien? ¿Puedes seguir?- preguntó Delfina.
-Sí.
-¿Quieres?
-Te gusta mi contar.
-Tú sabes que sí, hermano.

27 de Agosto de 1859
Hemos perdido todo. El almirante ha advertido que el navío de berberiscos está aún a la vista. Están a la espera. Me ha dicho temblando que no quiere morir de esta manera y que su consejo es que encallemos y pidamos ayuda en el puerto más cercano.
El agua se ha terminado. El barco se aproxima. Todo está perdido.

-¿Cómo termina la historia?
-Ya tú lo sabes.
-¿Me cuentas otra, mañana?... es hora de dormir.
-¿Mañana? Sí. Mañana. A las 6.


Delfina besó a su hermano en la frente mientras cubría su cuerpo. Dio las buenas noches y salió de la habitación, con una sonrisa tan sutil como la de la Gioconda, y sus ojos empapados.

martes, 9 de septiembre de 2014

Una cerveza junto a ti.

Diariamente Fernando se sentaba frente a su escritorio, y situaba su pequeña croquera frente a sí, junto a un lápiz de carboncillo con la punta perfectamente afilada, una pequeña goma de dibujante, y su lámpara de escritorio encendida apuntando hacia abajo.
Hacerlo le significaba la excusa perfecta para dejar su mente partir a otros lugares, llenar una copa ancha de cristal que había adquirido algunas semanas atrás en su tienda favorita, y llenarla hasta los dos tercios con su cerveza preferida, e ignorar descaradamente la presencia de su croquera. Sabía lo que hacía, y no tenia verdadera intención de detenerse.
-Así no se sirve- Era lo que ella siempre le decía, pero a él no le importaba.
No podía importarle menos que su delicada copa de cristal se llenara con cerveza hasta los dos tercios, y su último tercio sólo con espuma.
Una espuma gruesa, persistente, firme, turgente, amarga y terrosa era el precio justo a pagar por aquel hermoso color ámbar, límpido y mágico, y que podía atiborrar y estimular todas sus papilas gustativas con un solo y gentil sorbo.
-Tienes que ladear el vaso y verter poco a poco- decía ella mientras cogía en su mano, ligera y con aquellas uñas de un hermoso color uva, la botella forrada en un material vidrioso y con un elegante dragón dorado danzando, recibiéndote sin contemplaciones ni miramientos. Invariablemente una de esas maravillosas sonrisas escapaba de su plácido y simétrico rostro, mientras servía cerveza solo hasta su tercio, sin la más mínima gota de espuma, quitando la vista por sólo un segundo de la copa de cristal.
-Tienes que dejar un espacio, para que inhale y exhale- decía
-No sé como te puede resultar aquello tan fácil- 
-Lo es- Siempre decía lo mismo. Y siempre regalando tan desprendidamente ese gesto tan delicadamente delicioso que hacía con sus labios. Sin ningún esfuerzo lograba fomular una caricatura con sus labios, una joya de la expresión facial, una puesta de sol en su rostro.
La croquera yacía allí, como siempre. Junto al lápiz a carboncillo perfectamente afilado, y su copa de cerveza. Yacía siempre allí, como cada día. Una foto enmarcada en un pequeño cuadro de ébano, perfectamente encerado, tomada el día del accidente, antes de dejar el apartamento por última vez, inmortalizando esa sonrisa con sabor a felicidad y con aroma a compañía.
Fernando yacía sentado, con sus manos cruzadas bajo sus piernas y su cabeza ligeramente ladeada sobre su izquierda, la mirada perdida en un punto indeterminado de la muralla tras el escritorio y una pequeña lágrima trasparente pendiendo de la punta de su nariz. La copa vacía. La botella reposando sobre su costado con una lágrima negra pendiendo del gollete.

viernes, 29 de agosto de 2014

Cosmos

Sentado frente al mar, por el tiempo suficiente, viendo las olas romper en las rocas, puedes sentir una conexión profunda con el cosmos, y sentir de manera indescriptible que comprendes la vida y el universo. En esos momentos de blancura y descubrimiento, sólo pienso en ti. En tu pelo, en tu sonrisa. Pienso que la vida es más bella desde que formas parte de mis pensamientos.
Entiendo, además, por qué entraste en mi vida. Lo entiendo perfectamente, y veo que no ha sido un juego de azar ni dados lanzados por el destino, sino que ha debido ser así.

martes, 26 de agosto de 2014

25 de Agosto

Aquello es como querer subirse a un avión sin querer disfrutar el viaje. Tienes básicamente dos opciones: O te subes a un viaje rápido, por la ventana verás sólo imágenes borrosas del mundo. Objetos fusionados al exterior y hacia su propio interior. Tu segunda opción es subirte a un viaje a velocidad crucero, con ventanas amplias y trasparentes. Allí podrás ver imágenes nítidas, con miles de cálidos filtros y a veces, sólo a veces, podrás quebrar la realidad misma con una bofetada de lucidez cósmica, y doblarte sobre tu propio ego, viendo de ojo a ojo a tu propia esencia. Lo que te define como ser humano y como un yo discreto, en un mundo subconsciente continuo.