lunes, 17 de abril de 2006

La vuelta del hijo pródigo

El martes 12 me sucedió algo muy especial... un suceso que apeló directamente a mi conciencia, y que me hizo reflexionar sobre esa frase que a tantos de nosotros nos ha hecho cambiar de opinión respecto a algo: ¿Y si me hubiese pasado a mí?

Una hora antes de la primera prueba de análisis, decidí ir a liberar algunas tensiones a la sala de computación de bachi, y me ubiqué frente a un computador desocupado... no recuerdo bien si fui a jugar BMX o a revisar mi correo, y al girar mi cabeza hacia mi esos ultrajados puertos USB de los pc, me encuentro que hay un pen drive instalado, mirándome con una expresión de soledad y abandono.

Inmediatamente mi instinto me hizo clickear en la parte de “retirar hardware con seguridad” para después poder sacarlo, depositarlo en mi bolsillo y llevármelo a mi casa, hecho que despertó a mi conciencia como un balde de agua fría, y no me dejó siquiera dormir:

...“¿Cómo pudiste?... ¿no te da vergüenza?... ¿y si te hubiera pasado a ti?... debiera darte vergüenza... probablemente hay alguien desesperado por su pen drive y tu, allí relajado con la wea en el bolsillo, ¿no sientes algo?... Yo diría que eso es robar”...

Todo esto me llevó, el día jueves 13 (día que está de cumple la Macka), a tomar una hoja tamaño carta para impresión y escribir a mano alzada: Si perdiste tu pen drive en la sala de computación, llámame. 8317355... Luego me fui a playero y sorpresivamente (no tanto) suena mi celular.

Era Ella, la dueña del pen drive describiéndomelo con lujo de detalle para hacerme ver que ese era suyo y no me estaba tratando de engañar. Lo devolví y ella se puso muy contenta... agradecida. Casi podía oír al pen drive diciéndome gracias.


La pregunta es, en todo caso: ¿Lo hubiese devuelto de no tener mi propio pen drive?... sinceramente espero que sí. Por suerte tengo ese irritante bicho en mi mente llamado conciencia.

Juan Bazofia y el barril de cerveza

Después de un par de barriles de cerveza, ya no estaba en condiciones de conducir su vehículo. Se había dado cuenta de ello después de ir al baño, cuando al tomar el jabón para lavarse las manos en el fregadero, se vio instalado en el retrete tomando algo que no era jabón. Su mente estaba haciendo zumbidos, tomando hasta el mínimo sonido para convertirlo en un insoportable martilleo en su tímpano, así que de todos modos simplemente no quería conducir.
Decidió, pues, entregarle las llaves de su queridísimo Ford Mustang a su amigo que lo acompañaba esa noche: Miguel, un hombre muy sano... no bebía alcohol de ninguna clase, era vegetariano y tenía pareja estable... una sola. Miguel, como buen hombre que era, aceptó incondicionalmente la petición de Juan y abordó el Ford, dejando a Juan dormir en el asiento acompañante.
La noche pasó muy rápidamente, entre sueños llenos de luces de colores y gritos ensordecedores... jamás hubiera despertado tan temprano, a juzgar por la luz que entraba y el olor a mermelada y quesillo fresco que había en el lugar, si no fuera por ese penetrante dolor en su abdomen y ese agudo pinchazo en su brazo izquierdo. Giró su cabeza, con un tremendo esfuerzo y un gran dolor, y una amigable enfermera de ojos verdes le dijo “Quédese quieto señor Bazofia... le vamos a poner un analgésico... Allá viene el doctor” – señaló hacia el pasillo.
¿Qué me pasó? ¿Dónde está Miguel? – preguntó Juan.
Señor Bazofia – respondió la enfermera - ¿Se ha estado tomando su medicación?... Usted sabe que no debe mezclarla con alcohol.
Llegado el doctor a la habitación, se dirigió a Juan y le dijo una frase que jamás nunca olvidaría: “Despierta, idiota”... mientras le daba una bofetada. Una voz a lo lejos... a la distancia. Era Miguel, en el bar... Juan se estaba quedando dormido de vientre sobre un barril de cerveza y un cenicero quebrado se estaba clavando en su brazo izquierdo