El antiguo teléfono sonaba insistentemente sobre la mesa de
centro, en la planta baja de la casa. El intenso ruido lo hacía vibrar y la
vibración emitida por el aparato se trasmitía delicadamente hacia el pequeño
florero ubicado al costado de éste. Las hojas de polipropileno vibraban al son
del ring del antiguo y maltrecho teléfono y él casi… casi podía oírlo. La casa
estaba vacía hacía ya más de dos horas, y yacía sumida en una oscuridad
completa. Jaime, por otro lado, se encontraba escondido dentro de su closet,
como lo acostumbraba hacer desde que era un niño.
A las seis de la tarde, ni un minuto antes ni después, subía
los catorce escalones tapizados en alfombra, uno a uno, usando sus enormes pantuflas
de león, sus manos en sus bolsillos y su mirada perdida en el piso, mientras
entonaba alguna melodía que recordaba de su tormentosa niñez.
Eso; y las periódicas visitas de su media hermana mayor;
Delfina; lo hacían perfectamente feliz. Sabía que luego de los ciento veintiséis
segundos que le tomaría subir hasta el final de la escalinata quedarían tan
solo veintidós pasos al dormitorio hacia el final del pasillo. Sabía que en su closet
lo estarían esperando, como cada día a esa hora, sus amadas dieciséis figuras
de soldados en perfecto y meticuloso orden, los cuatro abrigos y cinco camisas del
señor Mortenson con su fuerte olor a naftalina y, en la repisa superior junto a
la caja de zapatos que había sido rotulada en marcador permanente negro como prohibida, su colección de noventa y
ocho frascos de mermelada. Todos con sus tapas, y cada uno con una pequeña
cinta de cinco centímetros y medio adherida a la perfección de forma horizontal
con la fecha correspondiente al envasado. Todos a precisos ocho milímetros de
distancia unos con otros y todos, sin excepción, vacíos y limpios en su
interior.
Su privilegiada memoria guardaba todos y cada uno de los
sueños que había vivido desde el día que su conciencia ingresó violentamente a
su cuerpo y abofeteó su existencia con un golpe de yo. Desde aquél entonces su
maravillosa memoria guardaba y contenía cada detalle de los sueños que su
privilegiada mente había creado. Cada frasco contenía sus sueños, guardados celosamente
en su colección de recuerdos oníricos, no como una ayuda de memoria; puesto que
realmente no la requería; sino como un altar de adoración a sus más bellas
creaciones.
-Toc, toc- Dijo una voz fuera de la puerta.
-¡Delfina!- exclamó Jaime, al reconocer de inmediato las
vibraciones en el tono de voz de su hermana mayor.
-¿Cómo está allí dentro, querido?- preguntó, sin abrir la
puerta, e intentando colar su ojo derecho por la pequeña rendija.
-¿Cuál querrás hoy?- agregó Delfina.
Jaime no lo dejaría al azar. Tomó impulso con su pierna
derecha, inclinándose sólo dieciocho grados, y dio un salto de treinta
centímetros. Era el frasco cuarenta y siete, de la noche del 14 de Junio de
2000. Lo tomó con su mano derecha y salió rápido del interior del closet,
corrió seis pasos hacia su hermana, y la abrazó con fuerza.
-Este- dijo mientras le pasaba el frasco vacío.
Jaime se recostó en posición transversal y Delfina cogió una
almohada.
-Te escucho.
14 de Junio de 2000:
Bitácora del capitán
25 de Agosto de 1859
El barco ha sido asaltado por sorpresa por un grupo de
corsarios de la costa oeste de Córcega, secuaces del temido berberisco Sarguel
Melekiv, y hemos perdido el cargamento de especias y metales trocados con
indias, además de mi contramaestre principal, a manos del sub-coronel de los
corsarios enemigos: Era un hombre de baja estatura, moreno, con su cabeza
completamente rapada y falto de uno de sus ojos. Su nivel de violencia y
habilidad con su sable curvo me tomó por sorpresa. Me pregunto de dónde
obtendrán esta clase de instrucción. La fruta también la hemos perdido.
26 de Agosto de 1859
Ha llovido durante toda la noche. El agua ha renovado
parcialmente las reservas de los toneles, pero ha diluido el último tonel de
vino también. Ha servido también de un rápido y eficaz aseo a mis tripulantes
aún con vida, y ha ofrecido una pequeña tregua a los heridos. Ha limpiado la
sangre de la cubierta tan rápido como el ataque que diezmó mi tripulación
anoche. Se ha mojado la pólvora restante y se ha esparcido tras los únicos dos
cañones sin averías que nos quedaban.
-¿Estás bien? ¿Puedes seguir?- preguntó Delfina.
-Sí.
-¿Quieres?
-Te gusta mi contar.
-Tú sabes que sí, hermano.
27 de Agosto de 1859
Hemos perdido todo. El almirante ha advertido que el navío
de berberiscos está aún a la vista. Están a la espera. Me ha dicho temblando
que no quiere morir de esta manera y que su consejo es que encallemos y pidamos
ayuda en el puerto más cercano.
El agua se ha terminado. El barco se aproxima. Todo está
perdido.
-¿Cómo termina la historia?
-Ya tú lo sabes.
-¿Me cuentas otra, mañana?... es hora de dormir.
-¿Mañana? Sí. Mañana. A las 6.
Delfina besó a su hermano en la frente mientras cubría su
cuerpo. Dio las buenas noches y salió de la habitación, con una sonrisa tan
sutil como la de la Gioconda, y sus ojos empapados.
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