jueves, 11 de septiembre de 2014

El coleccionista de sueños

El antiguo teléfono sonaba insistentemente sobre la mesa de centro, en la planta baja de la casa. El intenso ruido lo hacía vibrar y la vibración emitida por el aparato se trasmitía delicadamente hacia el pequeño florero ubicado al costado de éste. Las hojas de polipropileno vibraban al son del ring del antiguo y maltrecho teléfono y él casi… casi podía oírlo. La casa estaba vacía hacía ya más de dos horas, y yacía sumida en una oscuridad completa. Jaime, por otro lado, se encontraba escondido dentro de su closet, como lo acostumbraba hacer desde que era un niño.
A las seis de la tarde, ni un minuto antes ni después, subía los catorce escalones tapizados en alfombra, uno a uno, usando sus enormes pantuflas de león, sus manos en sus bolsillos y su mirada perdida en el piso, mientras entonaba alguna melodía que recordaba de su tormentosa niñez.
Eso; y las periódicas visitas de su media hermana mayor; Delfina; lo hacían perfectamente feliz. Sabía que luego de los ciento veintiséis segundos que le tomaría subir hasta el final de la escalinata quedarían tan solo veintidós pasos al dormitorio hacia el final del pasillo. Sabía que en su closet lo estarían esperando, como cada día a esa hora, sus amadas dieciséis figuras de soldados en perfecto y meticuloso orden, los cuatro abrigos y cinco camisas del señor Mortenson con su fuerte olor a naftalina y, en la repisa superior junto a la caja de zapatos que había sido rotulada en marcador permanente negro como prohibida, su colección de noventa y ocho frascos de mermelada. Todos con sus tapas, y cada uno con una pequeña cinta de cinco centímetros y medio adherida a la perfección de forma horizontal con la fecha correspondiente al envasado. Todos a precisos ocho milímetros de distancia unos con otros y todos, sin excepción, vacíos y limpios en su interior.
Su privilegiada memoria guardaba todos y cada uno de los sueños que había vivido desde el día que su conciencia ingresó violentamente a su cuerpo y abofeteó su existencia con un golpe de yo. Desde aquél entonces su maravillosa memoria guardaba y contenía cada detalle de los sueños que su privilegiada mente había creado. Cada frasco contenía sus sueños, guardados celosamente en su colección de recuerdos oníricos, no como una ayuda de memoria; puesto que realmente no la requería; sino como un altar de adoración a sus más bellas creaciones.

-Toc, toc- Dijo una voz fuera de la puerta.
-¡Delfina!- exclamó Jaime, al reconocer de inmediato las vibraciones en el tono de voz de su hermana mayor.
-¿Cómo está allí dentro, querido?- preguntó, sin abrir la puerta, e intentando colar su ojo derecho por la pequeña rendija.
-¿Cuál querrás hoy?- agregó Delfina.
Jaime no lo dejaría al azar. Tomó impulso con su pierna derecha, inclinándose sólo dieciocho grados, y dio un salto de treinta centímetros. Era el frasco cuarenta y siete, de la noche del 14 de Junio de 2000. Lo tomó con su mano derecha y salió rápido del interior del closet, corrió seis pasos hacia su hermana, y la abrazó con fuerza.
-Este- dijo mientras le pasaba el frasco vacío.
Jaime se recostó en posición transversal y Delfina cogió una almohada.
-Te escucho.

14 de Junio de 2000:
Bitácora del capitán
25 de Agosto de 1859
El barco ha sido asaltado por sorpresa por un grupo de corsarios de la costa oeste de Córcega, secuaces del temido berberisco Sarguel Melekiv, y hemos perdido el cargamento de especias y metales trocados con indias, además de mi contramaestre principal, a manos del sub-coronel de los corsarios enemigos: Era un hombre de baja estatura, moreno, con su cabeza completamente rapada y falto de uno de sus ojos. Su nivel de violencia y habilidad con su sable curvo me tomó por sorpresa. Me pregunto de dónde obtendrán esta clase de instrucción. La fruta también la hemos perdido.

26 de Agosto de 1859
Ha llovido durante toda la noche. El agua ha renovado parcialmente las reservas de los toneles, pero ha diluido el último tonel de vino también. Ha servido también de un rápido y eficaz aseo a mis tripulantes aún con vida, y ha ofrecido una pequeña tregua a los heridos. Ha limpiado la sangre de la cubierta tan rápido como el ataque que diezmó mi tripulación anoche. Se ha mojado la pólvora restante y se ha esparcido tras los únicos dos cañones sin averías que nos quedaban.

-¿Estás bien? ¿Puedes seguir?- preguntó Delfina.
-Sí.
-¿Quieres?
-Te gusta mi contar.
-Tú sabes que sí, hermano.

27 de Agosto de 1859
Hemos perdido todo. El almirante ha advertido que el navío de berberiscos está aún a la vista. Están a la espera. Me ha dicho temblando que no quiere morir de esta manera y que su consejo es que encallemos y pidamos ayuda en el puerto más cercano.
El agua se ha terminado. El barco se aproxima. Todo está perdido.

-¿Cómo termina la historia?
-Ya tú lo sabes.
-¿Me cuentas otra, mañana?... es hora de dormir.
-¿Mañana? Sí. Mañana. A las 6.


Delfina besó a su hermano en la frente mientras cubría su cuerpo. Dio las buenas noches y salió de la habitación, con una sonrisa tan sutil como la de la Gioconda, y sus ojos empapados.

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