Diariamente Fernando se sentaba frente a su escritorio, y situaba su pequeña croquera frente a sí, junto a un lápiz de carboncillo con la punta perfectamente afilada, una pequeña goma de dibujante, y su lámpara de escritorio encendida apuntando hacia abajo.
Hacerlo le significaba la excusa perfecta para dejar su mente partir a otros lugares, llenar una copa ancha de cristal que había adquirido algunas semanas atrás en su tienda favorita, y llenarla hasta los dos tercios con su cerveza preferida, e ignorar descaradamente la presencia de su croquera. Sabía lo que hacía, y no tenia verdadera intención de detenerse.
-Así no se sirve- Era lo que ella siempre le decía, pero a él no le importaba.
No podía importarle menos que su delicada copa de cristal se llenara con cerveza hasta los dos tercios, y su último tercio sólo con espuma.
Una espuma gruesa, persistente, firme, turgente, amarga y terrosa era el precio justo a pagar por aquel hermoso color ámbar, límpido y mágico, y que podía atiborrar y estimular todas sus papilas gustativas con un solo y gentil sorbo.
-Tienes que ladear el vaso y verter poco a poco- decía ella mientras cogía en su mano, ligera y con aquellas uñas de un hermoso color uva, la botella forrada en un material vidrioso y con un elegante dragón dorado danzando, recibiéndote sin contemplaciones ni miramientos. Invariablemente una de esas maravillosas sonrisas escapaba de su plácido y simétrico rostro, mientras servía cerveza solo hasta su tercio, sin la más mínima gota de espuma, quitando la vista por sólo un segundo de la copa de cristal.
-Tienes que dejar un espacio, para que inhale y exhale- decía
-No sé como te puede resultar aquello tan fácil-
-Lo es- Siempre decía lo mismo. Y siempre regalando tan desprendidamente ese gesto tan delicadamente delicioso que hacía con sus labios. Sin ningún esfuerzo lograba fomular una caricatura con sus labios, una joya de la expresión facial, una puesta de sol en su rostro.
La croquera yacía allí, como siempre. Junto al lápiz a carboncillo perfectamente afilado, y su copa de cerveza. Yacía siempre allí, como cada día. Una foto enmarcada en un pequeño cuadro de ébano, perfectamente encerado, tomada el día del accidente, antes de dejar el apartamento por última vez, inmortalizando esa sonrisa con sabor a felicidad y con aroma a compañía.
Fernando yacía sentado, con sus manos cruzadas bajo sus piernas y su cabeza ligeramente ladeada sobre su izquierda, la mirada perdida en un punto indeterminado de la muralla tras el escritorio y una pequeña lágrima trasparente pendiendo de la punta de su nariz. La copa vacía. La botella reposando sobre su costado con una lágrima negra pendiendo del gollete.
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