sábado, 8 de abril de 2006

Materia equivocada.

Era un nuevo día, un típico día en su vida escolar. Se había levantado, para variar, como media hora más tarde, y por esas cosas de la vida, esas siempre tan exactas leyes de Murphy, la tetera tardaba mucho más de lo habitual en hervir, la ducha se demoraba demasiado en llegar a la temperatura ideal, y el jumper, mágicamente; o por arte de un duende o demonio oculto en el closet o debajo de la cama, se había cambiado de lugar. Ya no estaba totalmente arrugado, como una hoja de repollo añejo, sobre la mesa de noche, tampoco estaba debidamente colgado en el closet, sino que estaba dentro de una caja con llave, en la última habitación al final del pasillo, también con llave, y misteriosamente la caja estaba dentro de un baúl. Ella se preguntaba, mientras refunfuñaba y corría por el pasillo, semidesnuda, cómo diablos había hecho eso el jumper. “¿Cómo, si yo lo dejé en mi mesa?” Eso ya no importaba, era hora ya de recuperar los valiosos minutos perdidos en la ardua búsqueda, para no llegar atrasada otra vez al colegio, porque de lo contrario la iban a citar a las 07:45 a.m.
Rápidamente, y al no poder abrir esa condenada caja, decidió inmediatamente usar ropa normal, una polera verde, con jeans y sus zapatillas favoritas. “¡Un justificativo!, es lo único que me falta.” Se puso rápidamente todas sus ropas, y metió todos sus cuadernos completamente al azar dentro del bolso: Uno de biología, de matemáticas y uno de física, y ¡OH!, cómo odiaba la física… “¿Para qué demonios me sirve saber la velocidad media de una bala de masa ?... ¿Acaso me ayuda a ser mejor persona?... o ¿Podría, en una situación extrema, arrancar de una bala de masa ; suponiendo que la energía cinética se conserva, si me disparasen?” La verdad es que no era el momento de discutir aquello, tampoco el lugar. Ya se estaba haciendo tarde, y Francisca ya estaba muy atrasada, demasiado atrasada como para hacer ese tipo de reflexiones, ya era hora de pedirle un justificativo a su madre. Lamentablemente, o tal vez afortunadamente, la mamá de Francisca no estaba en la casa, tampoco estaba preparándole el desayuno, y mucho menos en el patio, a las 7:30 de la madrugada, ya que el frío era demasiado intenso como para soportarlo.
Rápidamente, a una velocidad media que ella jamás se había imaginado podría alcanzar, corrió por las calles y pasajes, esquivó perros, abuelitas y abuelitos que, sin explicación, suelen levantarse muy temprano en la mañana. Llegada al colegio, mágicamente a tres minutos y medio de sonar el timbre, respiró aliviada, muy relajada y tranquila, porque ya todo parecía normal. Se dio un par de minutos para recuperar el aliento, mientras observaba a sus compañeras, como algunas se agrupaban como automáticamente, tal como dos imanes de carga opuesta. Otras, sin embargo, parecían generar un campo eléctrico, o gravitacional, o quizá de qué tipo, que repelían a la distancia a otras. Era como si estuviera e presencia de aceite y agua.
Todo era parte de la rutina normal y cotidiana en el colegio, pero algo pasó. Algo extremadamente bizarro, algo que no tenía explicación, y que hizo a Francisca sentirse como fuera de este mundo, como si se hubiese tele transportado de la noche a la mañana, a un universo paralelo. Cuando hubo recuperado el aire, comenzó a caminar hacia la fila, cuando una voz le sonó conocida: Era el director, que pronunciaba una frase que hasta el día de hoy está impresa en el cerebro de Fran: “Las notas de física están súper malas”… ¿Qué tendría eso que ver conmigo?.
Si hubo algo que le llamó aún más profundamente la atención, fue el hecho que nadie, absolutamente nadie, hizo comentario alguno acerca de su vestimenta. Ni un “Oye, barsa, ¿por qué viniste así?” tampoco un miserable “Te olvidaste de planchar el jumper”, ni tampoco la estúpida pregunta típica de un chileno imbécil: “¿Viniste con ropa de calle?” nada de eso. Nadie hizo un solo alcance sobre su ropa, y eso era en extremo anormal, dadas las personalidades de todas sus compañeras de clase, que extrañamente también, hacían toda clase de comentarios acerca de que Fran se había formado en la fila. Parecían enteramente extrañadas, sorprendidas.
Decidió, Fran, ignorarlo, y a medida que la fila avanzaba a la sala Nº 209, tomó la iniciativa de ir al baño, ya que no había ningún profesor o profesora a quien pedirle permiso.
Llegada a la sala, a penas ingresó, todas sus compañeras se pusieron de pie… y eso no fue todo: Todas dijeron, al unísono, “Buenos días, profesora”... … (¡¡¿¿Qué??!!) – Pensó Fran. Sí, ella era la profesora, ella tenía que hacer la clase, frente a todas sus compañeras, sobre quizá qué cosa. Y efectivamente, ese día era lunes, eran las 8:30 a.m. y eso significaba una sola cosa… quizá por miedo, o por rabia, no quiso hacer el esfuerzo de pensar, pero era inevitable, por más que intentara evadirlo no podía, y es que Fran se había transformado, misteriosa, mágica o diabólicamente en la profesora de Física.

Una sonrisa, dame sólo una sonrisa

Aquél podría perfectamente ser un día más en su rutinaria vida, había ocurrido tal y como el resto, en una suerte de letargo sinérgico que, por extraño y difícil que pudiera parecer, solía disfrutarlo de una manera casi patológica. Sin embargo, esta vez había algo diferente, algo perfectamente extraño en esta jornada, prácticamente imperceptible. Una sensación que le hacía sentir que ese día rompería su rutina de una manera jamás antes imaginada por él, y aunque debiera parecerle interesante, incluso llegaba a erizarle la piel de todo el cuerpo.
Aun así, luego de sentir tal extraña mezcla de ansiedad y tranquilidad, pensó que tal vez todo era producto de su imaginación, y que algún sueño que no recordaba o algún recuerdo de esos que se esconden en lo más profundo de nuestro subconsciente lo tenía así. Tomó entonces las llaves de su casa que estaban, como de costumbre, sobre la mesita junto a la puerta de entrada, a unos metros de la ventana principal, y salió rápidamente a la calle.
Afuera el sol y la temperatura eran perfectas, todo fluía de una manera suave y tranquila, casi idílica, y eso indudablemente lo tranquilizó bastante. Luego de caminar por un par de horas, se halló en medio de una calle muy concurrida a esa hora, y aunque ya la había visto en varias oportunidades, pensó que el estar allí a esa hora del día tenía algo que ver con su destino, que una razón mayor lo había puesto allí con una intención determinada que no valía la pena preguntársela, sino sólo dejarse llevar por ella, pues tenía perfectamente claro que intentar evitarlo solamente empeoraría las cosas.
Mientras caminaba, a paso muy lento, tan lento como su diminuta paciencia le permitía, observaba los rostros de la gente extraña caminando por allí. Hombres y mujeres de todas las edades circulaban, todos como absortos mirando al horizonte, sin embargo hubo, entre los cientos que pasaban, uno especial. Más que un simple rostro. Había visto una mujer. Una mujer de una belleza impresionante, enmudecedora, que casi podía llorar. Su cabello se veía como si alguien la hubiese escogido desde lo alto y la iluminase solo a ella, desprendiendo un brillo suave y claro, tal como en las películas que él tanto amaba. Se quedó mirándola al tiempo que caminaba mientras se percataba que todo iba en cámara lenta. Se preguntaba una y mil cosas. ¿Cuál será su nombre? ¿Qué afortunado hombre será quien bese tan deseables labios? Profundamente atraído por la belleza de sus ojos verdes, cuando de pronto ocurrió algo memorable, algo que de seguro recordaría hasta el último de sus días en esta tierra: Ella devolvió la mirada, cruzando su vista a la suya, al tiempo que mostraba una amplia sonrisa enmarcada por unos labios tan rojos como una manzana recién cosechada, la sonrisa más bella, grande y brillante que jamás había visto. Fue cuando acabó de darse cuenta que la razón mayor que lo tenía allí tenía que ver con esa mujer.
Muy claro tenía que no debía quitarle la vista de encima, pues ello aumentaba las posibilidades de cruzar palabras con ella, hasta que sus rumbos se cruzaron, pero ella siguió de largo. Él no le quitaba la vista de encima, giró la cabeza y ella también al tiempo que le ofrecía su sonrisa, pero de pronto todo se puso negro. Ya no podía ver más esa dulce sonrisa que tanto le gustó y cautivó. Gritos... sirenas... luces... la gente se agolpó como de costumbre, como si hubiera alguna entretención callejera que mirar, sin embargo lo único allí había era el cuerpo sin vida de aquél hombre que había cambiado su rutina, había finalizado su existencia con una sonrisa enmarcada por sus labios rojos, cubiertos de su propia sangre.