sábado, 13 de septiembre de 2014

Escondite

Otro soldado ha ingresado a la sala. Le ha dicho algo al teniente al oído.
-Retírese, soldado. Deje abierto el portón- Dijo el teniente.
Cuando se abrió el portón de acero, las bisagras rechinaron como el bramido de un ave de rapiña en picada hacia su presa, el sol penetró instantáneamente dentro de la fría y húmeda habitación que había permanecido oscura por horas, y el calor de aquella tarde de primaveral rodeó su cuerpo de forma rápida y progresiva, como miles de dedos calientes acariciando su cuerpo desnudo y helado.
-¿Ves aquella haya, allá afuera?- preguntó el teniente, blandiendo un cuchillo de bolsillo y mango de marfil, amenazante, mirando fijamente y apuntando a ratos con su cuchillo.
Su mirada permaneció perdida en el marco del portón. El calor ya había ganado terreno, apoderándose de las zonas más heladas de su cuerpo, y ello le producía una sensación de agrado difuminada por todo su interior. Era el mayor placer que había sentido desde que había ingresado a esa sala y probablemente el último que sentiría.
-¡Te he hecho una pregunta!- insistió el teniente, esta vez acercando su cara a centímetros de la suya. Sus ojos se cruzaron en ese instante.
-Si no te he obligado a que me lo chupes, ya no lo hice. ¿No lo ves?- dijo el teniente, a centímetros de su rostro y apoyando su cuchillo en la base de su yugular izquierda, produciendo un pequeño corte del que brotó una pequeña gota de sangre.
-Te he preguntado si has visto la haya, allá fuera. 
-Sí, la veo- contestó, girando su cabeza hacia la derecha de inmediato. Tartamudeando y con un hilo de saliva ensangrentada fluyendo desde la comisura de su boca.
-Te voy a proponer un pequeño juego- agregó. Lo hizo sin retroceder, sino avanzando aún más y acortando la distancia que separaba sus rostros, hasta que su nariz rozó su oído izquierdo, y de inmediato recogió una bocanada de aire del pelo que allí estaba.
-¿Un juego?...
Las intenciones del teniente no eran claras, lo que sí era seguro era que se traía algo macabro entre manos.
-Si puedes llegar a la haya, antes de diez segundos, eres libre. Si no llegas, me perteneces y haré contigo lo que me plazca. Lo creas o no, me han puesto límites contigo. Ahora si yo gano, eso significa que nuestra particular reunión continuará hasta que hables y me digas lo que quiero saber o hasta que tu cuerpo se rinda.
-¿Ah?...
-Tus amarras están sueltas.
-Diez...
-Nueve...
-Ocho...
No habría otra oportunidad. Tenía que intentarlo. Se puso de pie tan rápido como pudo, y en ese instante un intenso mareo subió a su cabeza como la espuma de una cerveza agitada se levanta y escapa el vaso. La habitación daba vueltas alrededor suyo.
-Siete...- continuaba el teniente, con su mano en su cintura y su cuchillo en la otra mano.
-No siento mis pies- pensó.
El intento por levantar su pie derecho y llevarlo delante del izquierdo fue totalmente inútil. La rodilla estaba, de un extraño modo, desconectada hacia abajo y su pie parecía un zapato ajeno, pues no respondía a las órdenes que le daba, aunque intentara con todas sus fuerzas.
En eso, perdió el equilibrio, a causa tanto del mareo como de la mala postura, y su cuerpo se balanceó hacia adelante. En una fracción de segundo se dio cuenta que la caída era inminente, y no habría nada que pudiera hacer al respecto. Sólo cruzó sus manos protegiendo sus senos, y se dejó caer de bruces al piso de tierra, como un árbol recién cortado por un leñador.
-Es el fin- pensó
-¿Continúo la cuenta?... no me parece.
Ya no podía hablar. Su boca cerrada, su lengua mordida por la reciente caída y su saliva entremezclándose con la tierra y la sangre, la dejaron muda. El teniente se agachó junto a ella, volvió a recoger el aroma de su pelo, y apoyó el frío acero de su cuchillo en la espalda de la mujer.
-Una pequeña clase de anatomía: El tendón de Aquiles es indispensable para caminar. Tu novio ha hablado en la celda de al lado, después de todo- Dijo el teniente a su oído, recogiendo el pelo de Amanda.
-Ya sabemos dónde esconden las armas. Ya no te necesito. Sólo me falta una cosa- Dijo el teniente levantándola desde el pelo, arrastrándola violentamente y sentándola de un golpe en su silla.
-¡Déjennos solos!- gritó el teniente. 
Acto seguido llegó un soldado a paso raudo, hizo el gesto de respeto de rigor y cerró el portón de acero.