jueves, 17 de octubre de 2013

Amanda

La inspiración es un ente muy difícil de describir o calificar, y más aún es muy difícil de encontrar. He tenido la fortuna de tener en mi larga (corta) y tortuosa vida, más de una ocasión en que mi querida musa me ha visitado, me ha buscado y ha entablado largas y profundas conversaciones conmigo, donde hemos llegado a dilucidar cuestiones internas, descifrar complejos e intrincados laberintos emocionales y hemos llegado a entender, predecir y no confundir situaciones que nos han aquejado y que hemos sufrido el uno con el otro, juntos.

Sin embargo, y como las cosas más bellas que como seres humanos seremos capaces de disfrutar, su compañía ha sido; por decir lo menos; errática, volátil e impredecible. Su presencia dentro de mi mente, corazón y alma no ha estado exenta de dificultades, discusiones, malos entendidos y, como la principal razón que me ha impulsado a escribir estas cortas líneas, largas ausencias e hiatos lamentables, en que no me quiso dirigir palabra alguna.

Confesaré que Amanda me ha dejado de hablar. Hace ya más de cuatro años atrás, decidió alejarse de mí. Se alejó sin despedirse siquiera, tomó sus maletas llenas de todos nuestros recuerdos, bloqueó con una indescifrable contraseña.

Ella no lo sabe. Ella no está al tanto que su bello nombre, y su delicada presencia son fruto de una creación consciente de mi mente, con la más variada cosecha de mi fértil campo de sentimientos, plasmada de deliciosas frutas de compasión, con grandes cantidades de jugosos frutos de amor fraterno, eterno, platónico y sentimental. He procurado adjudicarle grandes atributos que hallo perfectamente suculentos en una mujer, y que me recuerdan los momentos más bellos que se puede vivir. Su pelo tiene el suave aroma de una noche de verano, su piel suave y tierna como una hermosa sábana fresca y lozana. Sus ojos te inspiran y te atraviesan con eterna compasión, con gran dulzura y con lujuria, a ratos. Y su nombre… ¡Qué nombre!... su nombre contiene todo aquello en una sola sílaba, y su sonido recoge mi corazón y lo hace reír, sonreír y llorar de alegría, todo en una fracción de un segundo. Ella no sabe que su presencia es el vivo reflejo de mi primer gran amor. De la primera mujer que amé, en silencio… y que todavía sigo amando. Ella no lo sabe.


Hoy, luego de uno de sus largas pausas, me ha vuelto a dirigir la palabra. Agradezco a la vida por ello. La he extrañado tanto, que usted ni se lo puede imaginar. Me ha vuelto a hablar luego de una larga ausencia, pero ha llegado a mi vida llena de sonrisas, y llena de hermosos sentimientos que jamás pensé tener o que sería capaz de disfrutar. Ha vuelto con sus delicados hombros y su estrecha cintura, con una nueva imagen y con un bolso lleno de partituras, libros, llaveros, monedas antiguas e invitaciones… hemos conversado hasta muy tarde en la madrugada, y hemos compartido nuestras verdades. Su compañía es lo único que me ha mantenido sano todos estos años. Su compañía es lo que he estado buscando toda mi vida.