Querida bitácora:
Febrero 6, 1998.
Hace más de cuatro días que la expedición se quedó varada aquí. De las quince personas que viajábamos, ya han muerto varios. Sólo quedamos yo, Miguel y Catalina. Hemos caminado por horas en este desierto y Miguel ya ha comenzado a delirar. Miguel solo habla de las cataratas y del cumpleaños de su pequeño hijo que es mañana... que pena me da saber que vamos a morir acá, deshidratados y comidos por buitres. Catalina es otra cosa... insiste en que lo vamos a lograr y está empeñada en caminar sin consumir una gota de agua de su cantimplora...
Ya no soporto... creo que voy a...
- Francisco - interrumpió Catalina
- ¿Sí? - preguntó
- Creo que ya falta poco - dijo entre suspiros mientras apuntaba a un pequeño cerro, en cuya cima se divisaba un brillo móvil, como el que dan las aguas en su rítmico vaivén al sol. - ¿Me puedes prestar tu brújula? -
- ¿Qué pasó con la tuya? - preguntó desconfiado Francisco, mientras hurgaba en su bolsillo
- Creo que la dejé en el campamento la noche anterior - dijo - por favor, la necesito - insistió Catalina.
Francisco se acercó para entregársela, sin quitar la vista de su pecho sudado, que se englobaba y desinflaba al ritmo de su provocativa respiración. Extendió su brazo derecho con la brújula en la palma, sin quitar la atención de esos pechos.
- Toma -
- ¿Qué estás mirando tanto? - preguntó
- Perdón... - dijo Francisco mientras miraba hacia otro lado
- Está bien - contestó con un impresionante cambio de tono de voz, que sonaba muy provocativo. Seguido de esto desabotonó uno de los botones, acto que expuso aún más su pecho. - Acércate - dijo Catalina.
Lentamente Francisco dejó de lado su desconfianza y se acercó. Sin importarle el fuerte sol de mediodía, dejó caer su bitácora y su pequeño lápiz grafito a la arena... tomó uno de sus pechos con su mano izquierda, que estaba visiblemente sucia, y mientras dirijía su otra mano, Catalina abrió sus brazos....
Desde ese momento todo ocurrió muy rápido... Catalina sacó su machete rápidamente del cinturón de su espalda y lo lanzó directamente al cuello de Francisco. Él, dentro de sí, solo se percató de un pequeño golpe en su cuello y luego un calor que recorría su traje... luego se vio a si mismo tirado en la arena, boca arriba... desde donde divisaba a Catalina bebiendo lo que parecía ser su cantimplora. Luego todo fue negro.
Catalina bebió toda el agua, desesperada por la inminente deshidratación, lo que la mantuvo sólo por un par de kilómetros, donde cansada y agotada por la caminata, el calor y el remordimiento, se sentó a dormir un rato, sin saber que esa podría ser sería su última siesta.