lunes, 26 de noviembre de 2012

¡Fuego a Discreción!

El sol ardía sobre mis abrigados hombros, con un uniforme de gruesas terminaciones, de costuras anchas y descosidas.  Mi chaqueta estaba sucia, con sangre de antiguas redadas y misiones, con cortaduras superficiales y profundas, a través de las cuales se podía ver mi desgastada camisa y medio corbatín de combate, también visiblemente maltrecho y grabado con restos humanos desconocidos.

Podía sentir el olor a la sal en el aire, podía respirar el intenso sabor de los depósitos minerales en aquel terreno baldío, tapizado en un polvo blanco que destruía rápidamente mis botas, con cada paso. Podía ver el rostro acabado de mis hombres, la desesperación en sus ojos y el sudor brotando interminablemente desde sus sienes, y mojando su vello facial lleno de arena y sal.

Mi unidad constaba de seis hombres más, todos exhaustos por la labor y por el calor. Cansados y sobrepasados por las interminables operaciones, rescates y retiradas. Aquella mañana caminábamos a paso firme; sosteniendo una bayoneta en posición de combate cargada con sólo tres o cuatro rondas; a la espera de una nueva orden del coronel de campo. Llevábamos una única cantimplora, que era  celosamente mantenida cuidada por el alférez del grupo, un hombre joven, muy joven tal vez para pertenecer a este lugar y para haber visto las cosas que habíamos causado y sufrido. El alférez además, llevaba en su bolsillo inmediatamente junto a su pecho una antigua fotografía de su pequeña hija, por la que había derramado más de una lágrima y quien; de paso; lo mantenía firme sobre sus dos botas negras.

No muy a lo lejos; y tras una pequeña colina de no más de cinco metros de altura; se divisaba una casa en perfectas condiciones. Era una casa colonial muy trabajada, con pintura blanca en su exterior cubierta con rugosidades muy elegantes y con terminaciones de caoba. Una casa de dos pisos, con varias salientes en las ventanas que se encontraban cerradas con gruesos y poderosos candados. En la base del primer piso se podían ver varias macetas rectangulares que exponían bellas flores y plantas de todo tipo; y la puerta principal; abierta de par en par.

- Mi capitán - Dijo Jean Phillipe, el encargado de la radio - Ha llegado una orden del Coronel - Agregó.
- Debemos desalojar aquella casa - Agregó luego de una pausa, apuntándola.

Para entonces el sol se hallaba hacia nuestro frente, dificultándonos la visión. Una vez dentro de la casa, encontramos objetos absolutamente extemporáneos. Vimos estatuillas de porcelana, fuentes llenas de musgo, árboles exóticos en macetas de cerámica negra abrillantada, animales enjaulados, cráneos de especies que jamás habíamos visto. Contrario a nuestras expectativas, hallamos sólo una persona. Una única alma se encontraba allí sentada sobre una silla reclinable, vistiendo un sombrero de playa y unas sandalias como recién compradas. Ausente, ido, fuera de su cuerpo como abducido por fuerzas superiores, hizo caso omiso de nuestros llamados, gritos, movimientos y empujones. Extrañamente pesaba muchísimo y ni con la fuerza de 4 de nuestros hombres pudimos levantarlo de su lugar.

Rendidos, decidimos abandonar la misión y volver a nuestro centro de operaciones que, extrañamente y para mi gran sorpresa, se hallaba sólo tras la colina que habíamos visto. A nadie más parecía importarle, nadie más parecía haber notado la extraña aparición de nuestra base de operaciones, por lo que decidí callar.

Dirigiéndonos hacia nuestra base, divisamos justo tras la colina un grupo armado que venía hacia nosotros. Sostenían una bayoneta y una cantimplora, al igual que nosotros. Ordené a mis hombres ubicarse en posición de ataque, en formación de triángulo abierto, y apuntando firme y a la espera de la orden de disparar. De pronto oímos una descarga de una ronda, hubo un disparo hacia nosotros, e impactó directamente la cantimplora de nuestro alférez, atravesándola. El agua corrió y corrió rápidamente, clara y rápida para ser absorbida por el salado suelo, como si no hubiera bebido en siglos. Agua que sin menor aviso se tornó roja, intensamente roja y más viscosa, sin parecer al salado suelo importarle; bebiéndola con el mismo ímpetu, y con la misma sed, provocándome una angustia horrible. El agua era el bien más escaso en aquél lugar. El alférez se desplomó sobre la cantimplora y la fotografía.

- ¡Fuego a discreción! - grité, apuntando al jefe del grupo opuesto.
- ¡Abran fuego! - Grité mientras descargaba mis tres ultimas rondas.

El intercambio de fuego fue corto y no hubo más bajas que nuestro alférez. Con él se iba el recuerdo de su pequeña hija, cuyo nombre y edad jamás develó. La unidad rival había desaparecido tras el humo y la sal en el aire, y no oíamos nada que nos permitiera volver a abrir fuego, lo que significaría posiblemente otra baja y la pérdida de nuestras últimas municiones. Decidimos avanzar a paso rápido para llegar a nuestra base, donde podríamos reequiparnos y rearmar la unidad. Lamentando la pérdida de Jacques y su preciada fotografía; y sintiéndome extremadamente culpable por el hecho, llegamos a la base, reequipándonos con una nueva cantimplora y nuevas rondas y refrescamos nuestros acalorados rostros y gargantas. 

Decidimos recuperar y salvar la vida de Jacques, realizando un peligroso pero necesario viaje en el tiempo. Un viaje que requería realizar una travesía de tan sólo veinticinco minutos al pasado, y evitar entonces el intercambio de fuego entre nuestra unidad y la rival, tomando un camino diferente esta vez, o bien logrando escondernos de la unidad rival. El viaje fue algo tormentoso, con síntomas corporales y mareos intensos, pero una vez acabado nos hallamos fuera de la base, listos a partir. Pude constatar que se trataba del pasado ya que las sombras eran menos lánguidas, eran más cortas y la temperatura había vuelto a ser altamente intensa.

Caminando, de pronto vimos una unidad militar que se hallaba frente a nosotros, en posición de ataque en formación de triángulo abierto. Se encontraban muy maltrechos y se veían notablemente acabados. Tenían una sola cantimplora, a manos de un joven cabo; que parecía ser el alférez del grupo. Cautelosamente tomé mi bayoneta y apunté directamente al alférez rival, y su cantimplora.

Tomando una bocanada de aire, conteniendo la respiración durante unos segundos. Disparé.
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Adaptación de un sueño que tuve recientemente. Mind Blowing!

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