EL ENGAÑO
C A P Í T U L O II
Miguel, por otro lado, se había quedado atrás, al haber visto un montón de arbustos llenos de unas apetitosas frutas rojas, las que al probarlas se percató que sólo eran espinas dentro de un manojo de cactus medio secos, donde habitaban un par de adaptados insectos que luchaban entre sí sin razón aparente.
- ¡Miguel! - se oyó a lo lejos detrás de una pequeña duna.
- ¡Miguel! - se oyó, pero esta vez más fuerte, como si proviniera de más cerca.
Miguel, dentro de su desorientación, comenzó a agitar uno de sus brazos para buscar de donde provenía el sonido aquél que pronunciaba su nombre, mientras al mismo sostenía su otra mano en la funda de su revólver, desabrochado listo para usarlo. Algo sudado se encontraba, gracias al sofocante calor, a las gruesas ropas que lo protegían de los intensos rayos solares, y gracias, también, a la cuota de miedo y angustia que sentía al saber que alguien, o más probablemente algo, lo segúia de cerca.
Luego, de detras de un monte de arena, apareció. Una horrible bestia mitad hombre mitad dinosaurio, de tres cabezas que emergían de un cuello emplumado. Dos gruesos brazos con unas filosas garras en los extremos, y bajo el torso, un par de pies, extrañamente vistiendo las mismas ropas que él. Rápidamente Miguel desenfundó su revolver, con sus temblorosas manos apuntó a la bestia y ésta, al verlo, se paralizó.
Durante unos segundos no se dijeron absolutamente nada. Miguel continuaba apuntando hacia la bestia, temblando cada vez más fuerte. La bestia rugía como queriendo decirle algo.
De pronto, la bestia quiso dar un paso, al parecer por un viento que cruzó el lugar haciéndola perder el equilibrio, y Miguel, asustado, oprimió el gatillo de inmediato, liberando un proyectil que impactó en la pierna de la bestia.
- ¿Por qué?... - gritó la bestia mientras caía a la arena sosteniendo su pierna.
Miguel, al acercarse, logró ver que no se trataba de la bestia que se había imaginado, sino que era Catalina, ensangrentada en su blusa y en su pierna... jadeando de calor y deshidratación. Miguel sólo se echó a llorar.
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Fin parte dos...
Pancho
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