-Cierra tus ojos y comienza a relajarte- Dijo el doctor,
sosteniendo un elegante péndulo con una amatista biselada en su extremo
inferior.
La habitación era pequeña, con paredes acolchadas y un solo sillón
elegante y una poltrona donde Fernando se halaba recostado. Había contabilizado
en su mente la superficie del lugar y se sentía extrañamente cómodo, a pesar
del reducido espacio.
-Toma aire profundamente y exhala muy lento- Agregó mirando
a Fernando a los ojos.
-Concéntrate en tu respiración. Con cada respiro sientes
cada vez más calma.
El sonido del tic tac del reloj de la muralla parecía cada
vez más lejano.
-Imagina una luz blanca sobre tu cabeza. Concéntrate en ella
a medida que fluye a través de todo tu cuerpo.
La voz parecía cada vez más lejana.
-Permítete llevar, a medida que caes más y más profundo a un
estado mental de total relajación.
-A medida que cuente de diez a uno, sentirás paz y calma.
-Diez. Entrarás a un lugar seguro en que nada puede dañarte.
-Nueve…
-Ocho…
-Siete…
La voz se había alejado aún más. Aquella voz grave y rasposa
del doctor ya no era parte del mismo plano donde estaba Fernando. Había
migrado, sin poder determinar el instante exacto en que lo había hecho, a un
plano diferente. No era superior ni tampoco un plano inferior. Era como si la
voz estuviera atravesando, a duras penas, un velo invisible y
desconcertantemente denso y delgado a la vez. Era como si la voz fuera parte de
él y a la vez no. Esa sensación fue agradable en extremo, calmante y
tranquilizadora. Fernando sólo se dejó llevar.
-Seis…
-Cinco…
-Cuatro…
-Tres…
El doctor tomó una bocanada de aire, encendió un cigarrillo,
y continuó.
-Dos…
-Uno…
La amatista se detuvo. Fernando yacía recostado en la misma
posición que había tomado allí desde que el guardia quitó sus esposas y le dijo
que se recostada, para esperar al doctor que no tardaría en llegar a la sala.
El doctor depositó la amatista y su cadena suavemente en su
regazo, cuidando de no hacer ruido alguno, tomó su cuaderno de notas desde su
maletín de cuero, una grabadora de bolsillo y comenzó a grabar. Dio unos
segundos antes de hablar, para que el silencio se apoderara del lugar.
-14 de Junio de 1982.
-Reo número 151468. Ha respondido bien- Dijo ojeando el
expediente que se le había entregado.
-¿Cuál es tu nombre?- Preguntó al cabo de unos segundos.
-Fernando.
-¿Hace cuánto estás aquí?
-Hace catorce meses.
-¿Por qué estás aquí?
-No lo recuerdo.
-Trata de recordar algo reciente. ¿Recuerdas esta mañana?
¿Qué desayunaste esta mañana?
-El desayuno entregado…
Fernando hablaba pausadamente. Hablaba con una calma
pastosa, una calma que jamás lo había caracterizado. Estaba sumido en un
profundo trance.
-El desayuno entregado fue un trozo de pan con salami, una
taza de café y un poco de mermelada.
-Bien. Retrocedamos un poco más ¿Puedes? Quiero que vuelvas
a unos meses atrás. Volvamos a la noche de año nuevo antes de llegar acá.
-Estoy en una fiesta. Están todos contentos. Menos yo.
-¿Está la joven allí?
-Siempre está conmigo. Esa noche discutimos.
-Dame más detalles, por favor.
-Luego de beber ese trago, hice un comentario que no le gustó.
Estaba inusualmente furiosa por ello, como si hubiera estado mordiéndose la
rabia por meses. Le dije que lo sentía, pero eso empeoró todo.
-¿Qué comentario hiciste?
-Le dije que el color rosa no le sentaba bien, que más bien
prefería el celeste. Que hacía relucir sus ojos de un modo especial. Intenté
suavizar la conversación con palabras bellas y con comentarios agradables, pero
ella estaba empecinada en discutírmelo todo.
-¿Recuerdas el suceso aquella noche?
-Poco. Estaba muy bebido. Luego de la discusión y su rostro
enfurecido decidí borrar esa noche con alcohol y drogas. Ella no lo tomó a bien
y me dejó solo, con mis copas y mis píldoras.
Fernando comenzó a disgustarse, y su expresión corporal fue
de total incomodidad. Encogía sus hombros y retorcía sus piernas fuertemente.
Su rostro comenzaba a ponerse rojo y s cuello estaba tenso y marcado por su
musculatura, ahora visible.
-Recuerda que estás en un lugar seguro. Todo esto es una
memoria. Tranquilo, por favor. Necesito que recuerdes un poco más adelante. La
noche en el apartamento.
-Estoy ensangrentado. Mis manos están pegajosas y con
heridas. Ella está tendida en el piso de la cocina, sobre su costado. Sus ojos
están abiertos y quitos de vida. Nublados. Estoy asustado. Hay un cuchillo
junto a ella.
-Has avanzado mucho, retrocede un poco más
-La discusión sigue. Se ha tornado más violenta. Nunca había
visto sus ojos así, iracundos y llenos de odio. Creo que debe haber algo más.
Quizá ella lo sabe y por eso se ha puesto así.
-Deja que el recuerdo te invada. Déjalo ingresar.
-Le he pedido que se detenga. No quiero hacerle daño, pero
me está obligando a hacerlo.
-¿Qué más?
-Tomó la vasija de ónix. La vasija de su abuela, y ha tirado
las flores al piso. Me está amenazando con ella. ¡Intenta golpearme!... ¡Está
furiosa!
-Tranquilo, Fernando. Son sólo recuerdos. Nada puede hacerte
daño aquí.
Fernando seguía visiblemente incómodo. Estaba en posición
fetal, sosteniendo su barriga y de hombros encogidos. Las lágrimas comenzaban a
brotar.
-¿Qué haces tú?
-Me escondo tras el sillón, pero me alcanza. Estamos
forcejeando por la vasija. La navaja suiza que había perdido hace semanas cae
desde el interior de la vasija y queda allí tirada.
-¿Y qué ocurre?
-Ambos miramos la navaja por un segundo. Luego me miró y se
abalanzó sobre ella. Temí por mi vida, y me lancé también a por ella.
Forcejeamos un rato, hasta que logré tomarla. Puse mi mano derecha en su pecho
para detenerla.
-¿Luego?...
-Está furiosa. No se detiene. Me ha intentado morder. Hago
fuerzas y la logro reducir. Con todas mis fuerzas la detengo en el piso, e
intento hacerla entrar en razón.
Ya había transcurrido más de una hora, y Fernando estaba
sudando. Tenía su frente mojada y su pecho inflamado. Había comenzado a jadear
de un modo preocupante, y ello obligó a dejar la sesión para la siguiente
semana.
-Has hecho un buen trabajo. Ahora volveremos. Quiero que
despiertes cuando cuente hasta tres. Abrirás los ojos y sentirás calma, paz y
sabrás que todo ha sido un recuerdo.
-Reo 151468 ha respondido bien- Dijo el doctor a la grabadora.
-Cuando diga tres, despertarás, Fernando. Ahora respira
tranquilo.
-Tres…
-Dos…
-Uno… Despierta.
Fernando abrió los ojos, lentamente, se incorporó en
posición de decúbito y respiró profundamente. Limpió una lágrima de sus ojos y
miró al doctor por un segundo.
-¿Cuánto he dormido?
-Lo suficiente. Has hecho un buen trabajo.
-Yo no la maté, doctor. Yo no la maté.
-Eso lo veremos. Para eso estoy aquí.
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