jueves, 17 de enero de 2008

Micka, el ingeniero. Cap. II

C A P Í T U L O 2
"La Máquina"
- No has tocado tu comida - dijo el comandante.
- ¿Dónde estoy? – preguntó Micka.
- Eso no importa – dijo tajante el comandante.
- Estás aquí y harás lo que se te ordene – agregó.
- La cosa es bien simple – dijo – Necesito que construyas algo para mi – agregó mientras se paseaba desafiante en círculos por allí.
Micka, sin siquiera meditarlo antes, lanzó una pregunta que hacía buen rato que lo tenía preocupado.
- ¿Dónde está mi amigo?... Nicolás. -
- Tu amigo no es tu problema por ahora – dijo con un fuerte tono te voz que retumbó en toda la habitación.
- Tienes dos amaneceres para descifrar y construir esto – dijo el comandante mientras lanzaba un manuscrito a las piernas de Micka.
-De lo contrario, Nicolás morirá. -
El comandante se dio la vuelta, caminó un par de pasos hacia la puerta y gritó.
- ¡Guardias! -
La puerta se abrió haciendo un sonido muy desagradable que acentuó aún más el fuerte dolor de cabeza que el garrotazo le había provocado. Al cerrarse, Micka se tomó la parte posterior de la cabeza y se sentó sobre su frazada a mirar el documento bajo la tenue luz que ingresaba por la rendija enrejada. Realmente era un manuscrito incomprensible. Líneas de una poco prolija tinta negra, goteada sobre casi toda la superficie, interferían con el extraño dibujo.
Al cabo de un par de minutos, la puerta de su calabozo volvió a abrirse violentamente, asustándolo. Esta vez con dos hombres al frente suyo, quienes caminaron directamente hacia él, con una despectiva actitud. Tomándolo de sus brazos al mismo tiempo, lo arrastraron hacia fuera. Micka intentaba zafarse pero cada vez que lo hacía recibía un golpe más duro que el anterior en una pierna o en las costillas y pensó que no valdría la pena pasar por esto con algún hueso roto.
- El comandante quiere verte – dijo uno de los hombres.
- ¡Camina! – gritó el otro mientras lo arrastraba fuertemente.
Llegado al patio, lo recibió un gran grupo de hombres, perfectamente alineados, listos para recibir órdenes del comandante, quien estaba a la cabeza del pelotón.
El comandante era un hombre muy rudo, muy fuerte y extremadamente frío. Como el hombre a la cabeza del temido ejército Hono había traído grandes victorias militares y por ello se había ganado un gran respeto entre sus hombres. Muchos temían que fueran decapitados si no cumplían alguna orden directa del comandante, y así, entonces, contaba con un apoyo ciego de sus hombres.
Al sentir pasos detrás, se dio vuelta para recibir al prisionero.
- Creo que ya nos conocemos, Micka – dijo.
- ¿Qué es lo que quiere de mi? – preguntó Micka.
- Necesito de tus servicios de ingeniería -
- ¿Tengo otra opción? – preguntó Micka.
- Mis hombres están sufriendo. Estamos en guerra contra el más temible de los pueblos y verdaderamente nos llevan la delantera. La noche anterior destruyeron dos de nuestros acampamentos más acorazados con una lluvia de fuego. Perdimos más de treinta hombres, diez de los cuales eran mis mejores asesinos.
- ¿Qué es lo que usted quiere entonces? -
- ¿Para eso era el manuscrito que me entregó? -
- Estás en una posición afortunada, Micka. Como prisionero dispongo de tu vida a mi antojo y podría entregarte a mis hombres para que hagan lo que quieran, sin embargo te mantengo informado porque tus servicios son lo más preciado en este minuto. Podrías significarme ganar esta guerra, la más importante de mi carrera, por cierto.
- ¿Qué quiere que construya? – preguntó Micka.
- El manuscrito que te entregué. Fue confeccionado por el anterior ingeniero de guerra, y como hombre desordenado y desobediente que era, sólo él mismo entendía sus bosquejos. Se trata de una maquinaria que, según él, sería mi mejor arma de ahora en adelante. Allí es donde entras tú. Debes descifrarlo y construir aquello que está escondido bajo toda esa tinta.
- ¿Y su ingeniero?... ¿Dónde está ahora? – preguntó preocupado Micka. - ¿Qué le hace pensar que voy a construir un monstruo que traerá muerte a mucha gente?
- El ingeniero ha muerto. Fue asesinado por un mercenario. Respecto a tu otra pregunta... bueno, no tienes otra opción.
Inmediatamente después de esta conversación, Micka fue puesto en su celda, con un pequeño montículo de papeles, una pluma y varios tinteros llenos. Cada un par de horas era visitado por algún guardia, quien le presionaba una y otra vez. Para que terminara pronto la tarea que la había sido asignada.
Durante varias horas Micka estuvo despierto, sentado en el piso con la pluma en la mano, debatiéndose si era necesario o no hacer lo que se le obligaba a hacer. Preguntándose si acaso su querido amigo Nicolás estaba bien o no. Él sabía que Nicolás, de estar en su posición, haría todo lo posible por salvarle la vida y que amenazarlo con su muerte era razón suficiente para que Nicolás diera vuelta la tierra buscando que hacer para salvarlo.
Cerca de la media noche, después de unos minutos de haber dormitado, Micka se levantó bruscamente del piso donde dormía, y comenzó a dibujar rápidamente sobre uno de los amarillentos papiros que le habían entregado un rato atrás.
- ¡Guardia! – gritó Micka desde el piso, después de unos minutos de absoluta quietud.
- Dígale al comandante que está listo. Dígale que quiero ver a Nicolás. -
El guardia guardó silencio. Miró a Micka e hizo un gesto con las cejas. Dio la vuelta y cerró la puerta de golpe. Desde fuera provenía el sonido de taconazos de los botines del guardia corriendo hacia lo lejos, oyéndose cada vez más lejanos. Un rato más tarde se abrió la puerta de su calabozo y entró el comandante.
- Dice usted que está listo ¿Está seguro? - preguntó el comandante.
- Sí, está listo. Ya verá usted que funcionará. -
El comandante echó una mirada por largo rato a los dibujos de Micka, mientras se tomaba el mentón tratando de comprenderlos.
- Aquí va un contrapeso – dijo Micka apuntando al manuscrito que el comandante sostenía con ambas manos.
- Por acá hay un par de refuerzos de acero - agregó.
- No me interesa por ahora. Sólo constrúyalo.
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Fin de la segunda parte... la tercera y sucesivas se están construyendo todavía
Posteen
Pancho

martes, 15 de enero de 2008

La ley de Murphy

Treinta y ocho minutos habían transcurrido a la espera del Transantiago, en el paradero, bajo el penetrante sol y el bullicioso ajetreo de la Alameda.
- Yo te muestro como hacerlo – dijo el padre, mientras el resto de los pasajeros atentamente los observaba.
- pero si no viene, papá – agregó incrédulo Diego, mientras alzaba la mirada.
Lentamente sacó de su banano una caja blanca, y extrajo un pequeño cilindro blanco al que prendió fuego. Inmediatamente, y como por arte de magia, se divisó una micro en el horizonte. Flamante.
- ¿qué es eso, papá? –
- La ley de Murphy, hijo.

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Un corto que hice a petición de un compañero de la universidad para el concurso "Santiago en 100 palabras"
Aparentemente no tuvo ningún premio... El mio tampoco.
(a menos que no me haya enterado, lo que veo difícil)

Micka, el ingeniero. Cap. I

C A P Í T U L O 1
"El secuestro"

Desde muy pequeño, Micka había demostrado sus impresionantes cualidades e inteligencia en el campo de la lógica y de la técnica. Hijo de un conocido artesano de la ciudad, y de una agricultora recibió su preparación junto a otros adelantados niños de la época en el taller del maestro Zyen en la lejana ciudad de Bonne, a un par de días a caballo de su ciudad natal; gracias al esfuerzo que sus padres decidieron hacer.

Durante los años de enseñanza los padres de Micka debieron pagar duramente por este servicio. Usualmente los hijos de los más adinerados podía disfrutar de tal completa preparación, pues semanalmente debía enviarse dinero, dinero que en la pobre morada del artesano y la agricultora no abundaba. En lugar de ello, habían acordado un pago semanal de trigo y papas, a fin de alimentar al resto de los niños que allí vivían, y la prestación de servicios de jardinería de la madre de Micka al taller.

Micka había resultado ser un tipo bastante sociable y no tenía realmente dificultad para hacerse de amigos, y ya contaba con un nutrido grupo de amistades, de los cuales Nicolás era el mejor y más fiel. Juntos habían asistido al taller del maestro Zyen y habían compartido un sinnúmero de actividades y anécdotas que hasta el día de hoy compartían y que habían ayudado a forjar tan unido lazo de amistad.

Ambos habían migrado juntos a la ciudad de Bonne, una sólida y segura construcción edificada hace más de un siglo y asegurada por un muro de roca sólida que lo cuidaba de agresiones enemigas, aun cuando los vecinos de Bonne no eran demasiado hostiles. Hacia el norte de la ciudad había un pueblo de comerciantes, con los que solían intercambiar todo tipo de mercancías y especias que traían de lugares aún más lejanos. Hacia el este, se encuentran los Honos, un pueblo guerrero y luchador, que normalmente se encuentra en guerra por tierras con otro pueblo, y que era reconocido por lo sanguinario en sus ataques. Aun cuando no tenían un cuerpo militar muy superior, se caracterizan por ser muy aguerridos y por su habilidad en la lucha cuerpo a cuerpo con armas de corto alcance.

En la parte oeste del muro hay un gran agujero, de unos dos metros de diámetro, en la que hay instalado un extraño sistema que el maestro Zyen había ideado para extraer agua del río. Una serie de mangueras fabricadas con juncos de madera, extraían el agua gracias a unas bombas fabricadas con caparazones de tortugas de gran tamaño, haciendo confluir el agua hacia tres canales cerrados de piedra caliza, los que finalmente llevan el agua a cinco depósitos en el centro de la ciudad. De allí, a quince puntos estratégicos de la ciudad es conducida el agua en piletas donde los habitantes pueden obtener agua según sus necesidades.

Además, el maestro había fabricado un sistema que, ubicado estratégicamente en las cuatro torres de vigilancia y cerca de los depósitos, era capaz de retener gran parte del agua de la lluvia, no tan abundante en la zona, y encausarla hacia los canales de piedra caliza, los depósitos y las piletas, para así mantener un buen riego de los cultivos de los habitantes y cubrir las necesidades.

Para un pueblo de unos novecientos habitantes, en su mayoría agricultores, éste era un sistema bastante útil y eficiente para mantener los recursos, y con ello el taller del maestro Zyen se había ganado una reputación envidiable en la ciudad. Micka y Nicolás, por lo tanto, eran muy bien recibidos donde quiera que fueran, y hasta el momento tenían una vida bastante agradable.

Una noche, Micka y Nicolás volvían de casa del Rey de Bonne, donde habían asistido a la fiesta de cumpleaños numero diez y nueve de la joven hija del rey, muy tarde por la noche. No solía ser un horario peligroso para transitar, menos para dos integrantes del taller de Zyon, y caminaron sin preocupación. Al llegar a la casa de Micka, Nicolás se percata que la puerta del jardín de Micka está abierta.

- Micka, mira. La puerta del jardín – dijo Nicolás.
- ¿Qué será? ¿Olvidaste cerrar? – preguntó.
- Imposible – respondió Micka – A mí no se me olvidaría cerrar.

Sigilosamente entraron al antejardín, cuidando de no hacer ruido, y de pronto un extraño movimiento desde el interior de la oscura casa, una sombra moviéndose rápidamente de izquierda a derecha.

- ¡Cuidado! – Dijo Micka - ¡Agáchate, que no te vean! – exclamó.
- ¿Quién podrá ser? – pensó Micka.
- Voy a entrar – dijo Nicolás – Cualquier cosa – añadió – te aviso

Nicolás abrió lentamente la puerta de entrada con su pie derecho mientras Micka esperaba fuera. La silueta de Nicolás se perdió detrás de la puerta en la oscuridad cuando de pronto unos sonidos violentos interrumpieron la silenciosa noche. Vidrios quebrándose y la voz de Nicolás lanzando un fuerte grito.

- ¡Vete, Micka!
- ¡Corre! – gritó Nicolás desde el interior de la casa.

Micka jamás dejaría a su amigo ahí tendido en problemas, por lo que rápidamente pateó la puerta de entrada e ingresó a su casa.

- ¿Quién está ahí? – preguntó fuertemente Micka, guardando una posición de defensa.
- ¡Respóndeme! – gritó, intentando mirar hacia todos lados a la vez.

Una sombra moviéndose en su espalda lo hizo girar rápidamente. Al girar, nada.

- ¡Respóndeme! – gritó
- ¿Quién eres?
- ¡Muestra tu cara!

Un duro golpe sintió entonces Micka en su cuello, en la parte izquierda, que lo hizo no poder evitar caer al piso y golpearse la cabeza aún más fuerte. Al quedar tendido, sólo pudo divisar una silueta sobre sí, observándolo con una especie de garrote en la mano. Negra, de espalda muy ancha y cabeza redondeada. Luego, y al verse derrotado y casi inconsciente, se dejó caer en la inconsciencia.

Al despertar, un fuerte dolor de cabeza lo aquejaba. Se halló tendido en el piso de lo que supuso era un calabozo, junto a un posillo de greda con agua y un trozo de pan, presumiblemente por el olor y el color, podrido.

- ¡Sáquenme de aquí! – gritó Micka golpeando la puerta.
- ¿Dónde estoy?
- Parece que despertó el prisionero – se escuchó desde fuera.
- Sí, llama al comandante. Dile que despertó el preso – dijo la voz de fuera.

Al rato se oyeron pasos cada vez más fuertes. Micka se puso muy nervioso y comenzó a mirar su puerta metálica y la luz que se colaba por debajo. Caminaba de un lado a otro, nervioso por lo que pudiera venir. De pronto fuertes sonidos que provenían de la puerta abriéndose. Al abrirse, ingresó un hombre muy grande y de fuerte apariencia. Se paró frente a él y le habló.

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Fin capítulo 1

Pronto viene la segunda parte.

Una creación... es un poco antigua pero creo que no está mal. Dejen post... Saludos

Pancho

lunes, 14 de enero de 2008

Recovering

Hace tiempo que no encuentro las palabras. Las he extraviado en algún lugar de mi mente, confinadas a recónditos pasadizos llenos de telarañas, de baúles perdidos y de deseos reprimidos que muchas veces por las noches salen a la superficie a atormentarme mientras intento tener un sueño conciliador que, al igual que las frases y metáforas que tanto placer me dieron, no ha venido a mi en suficiente tiempo como para comenzar a desesperarme. No sé a qué se debió esto. No sé que suceso de mi vida pudo haber gatillado que, voluntariamente o no, mi mente haya perdido el hilo y la constancia que un tiempo atrás me tenía lleno de ideas y frases que me llenaron de orgullo.

Creo que ha tenido que ver con la pérdida. La pérdida de algo... más bien alguien... no estoy orgulloso de ello, más bien avergonzado. Creo que ella lo sabía desde hace tiempo, desde incluso antes que yo mismo lo supiera, y sin embargo se mantuvo incólume a mi lado... y sigue allí... regalándome cariño sin pedirme nada a cambio.

Y es que es algo que no pude controlar.. aún cuando intenté varias veces detener este proceso mediante desesperadas maneras, pero a veces las llamas de una vela simplemente se apagan sin razón aparente y dejan de dar luz y calor... desaparecen.

Algo me dice que poco a poco comenzaré a recuperarlas. Lentamente han vuelto a mi las ideas que se habían escapado entre mis manos, y quizá dentro de un futuro, cercano o lejano, pueda volver a deleitarme con simples pero gratificantes creaciones.

Pronto llegará, lo sé.

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Algo para desahogarme.
Pancho

sábado, 12 de enero de 2008

Melón de Zumo


La luz de la cocina encendida... sobre la mesa de centro. Frente a la mesa, de un lado, él. Sosteniendo a duras penas una cara de culpa y de arrepentimiento. Del otro lado, una mujer, claramente decidida a obtener información acerca del delito que se acababa de cometer.


El penetrante olor a caucho quemado, y la densa nube de humo blanco que rodeaba la licuadora acusaban que el delito era reciente.


- ¿Qué fue lo que paso? - preguntó iracunda la madre.

- ¡Fue mi hermana!... queríamos hacer jugo de melón! - contestó asustado el imputado.

- ¿Jugo de melón?... ¡pero cómo!... cómo rompen una licuadora tratando de triturar melón?.. ¡¡es una fruta!!!... - gritó

- No sé, mamá. Ella... ella me obligó... me dijo que si no ponía el melón dentro, todo junto, y ponía la velicidad al máximo, me iba a triturar a mi... me dijo que... - agregó entre sollozos - ...que había esperado demasiado tiempo para dejar que pasara un minuto más... que yo era... era... - rompió en llantos...

- ¿Que tú eras qué?... - interrumpió la madre

- Que yo era su... su... su sirviente! -


Luego de esto, la madre se dirijió a su hija, llena de ira. A preguntarle por qué había osado utilizar la licuadora, para triturar un pedazo de fruta... que sería la última vez que se lo permitía... y que comenzara a juntar dinero para comprar la licuadora que había fallecido en el fallido intento de preparar zumo de melón.
Quizá de ahora en adelante intentará comer melon en trozos... o comprar jugos zuco
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Un pequeño cuentito... acerca de una historia que se me ocurrió despues de que me contaran un pedacito...

jueves, 10 de enero de 2008

Morfina

Una semana entera ha transcurrido desde mi última dosis... La logré conseguir después de entrar a hurtadillas a la pieza de mi hermano, la noche que había salido con su novia a comer por su aniversario. Claudio tomó la mala desición de dejar su reloj en el velador, a pedido de su novia María.

Lo tomé. Completamente avergonzado lo digo. Tomé su reloj. Por si fuera poco lo llevé al tipo de la esquina donde tantas veces me llevaron sedado y encapuchado. Lo cambié por una sola dosis... Nunca debí permitirle que me diera probar esa sustancia.

La sala de enfermería se esta quedando vacía... Cuando se termina no sé que voy a hacer. Ya deben estar preguntándose por que se acaban tan rápido los frascos de morfina.

¡El dolor!... ¡el dolor!

¡necesito morfina!


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Un poco de nada... escribir por escribir

lunes, 7 de enero de 2008

No todos los gatitos pueden volar

Jaimico era un pequeño gatito de no más de un mes de edad. A su madre le decía día tras día y minuto tras minuto que quería volar.
- ¡Mamá! ¡mamá!... déjame ir al acantilado y lanzarme a volar... yo sé que puedo! - decía Jaimico con lágrimas en sus bellos ojos.
- Jamás... los gatitos no pueden volar. Para volar tendrías que tener alas como la señora Cigüeña que vive sobre ese árbol - decía apuntándola.
- Por eso que dios no te dio alas, sino patas. - agregó mientras lamía su cola escrupulosamente. - Ve a preguntarle a tu padre.

Mientras caminaba por allí, en dirección a ubicar a su papá, vio a cuatro de sus hermanos que la miraban y se reían.

- ¡No se rían de mi!... yo sé que puedo volar! - dijo al tiempo que salió corriendo.

Su padre, un felino muy aterrizado, insistió de una manera muy dulce que no podría volar, y le prohibió terminantemente que intentara tal hazaña.

Jaimico, esa misma noche, y haciendo caso omiso a la prohibición de su padre y a los razonables argumentos de su madre, se dirijió al acantilado, observó hacia abajo y vio la gran altura y la ciertamente dolorosa y posiblemente mortal caída que le esperaba si es que sus padres tenían razón. Sin embargo Jaimico tenía la certeza que podría volar... dando un par de pasos atrás corrió. Corrió muy fuerte en dirección al acantilado y saltó.
Su corazón latía a mil, y sus patas se movían incesantemente, cuando de pronto se dio cuenta que volaba.
- ¡Eeeeeeeeee!... estoy volando - gritó a los cielos.

Rápidamente sobrevoló su casa, e impresionó a sus familiares y amigos...

-Tenía razón Jaimico - exclamaban todos.

A la mañana siguiente todos los gatitos se dirijieron al acantilado a volar y conocer la intensa sensación que significaba despegar las patas del suelo, y compartir el espacio con gaviotas, águilas y halcones, sin olvidar por supuesto a la señora cigüeña.
Uno a uno tomaron vuelo y corrieron más fuerte que lo que podían imaginar... y uno a uno fueron cayendo al suelo, muertos o seriamente magullados... y es por eso que no todos los gatitos pueden volar.
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Esta ha sido mi vuelta oficial al bloggeo.
Visiten mi fotolog... allí subiré mas fotos... claro si es que alguien lee mi blog despues de un año entero de sequía jajajaj
www.fotolog.com/fomelogo
Saludos