viernes, 1 de junio de 2007

El alma del Samurai

Por años estuvo guardada en un baúl. Un gran baúl dorado, con grandes pernos oxidados en las bisagras, y bajo un antiguo televisor de grandes dimensiones, como puesto intencionalmente allí para intentar alejar las miradas curiosas de encima del baúl, y opacar la sutil sensación de "¿Qué habrá dentro?"

Una cálida tarde con sus amigos, Sebastián no pudo evitarlo. Una extraña premonición le decía que algo más que viejos libros llenos de polvo debía haber allí, que de ser inútiles artículos guardados caprichosamente, no estaría cubierta por esa gran caja de imágenes, ni menos estaría con un candado que se veia en perfectas condiciones.
- Abrámosla - dijo Sebatián, con un tono de voz lleno de emoción.
- Pero no tengo la llave del candado - dijo su amigo.
- No importa... fácil. Le sacamos los pernos con un destornillador y un martillo -
- Bueno, pero mi papá se va a enojar... es que ese baúl era de mi abuelo... viene como de China o Japón. Igual no cacho bien que onda -
- ¡Excelente! - Exclamó emocionado Sebastián.
Drante un rato estuvieron luchando con los pernos del baúl... parecía como tener unos miles de pernos. Sebastián sacaba y sacaba a un ritmo acelerado, en tanto que su amigo solo se limitaba a seguir sacando, a su propio ritmo.
Una vez abierto el baúl, Sebastián no pudo dejar de quitar la vista a un hermoso Kimono blanco con negro, con bellos bordados al pecho y la espalda. Sobre éste una preciosa katana, escrupulosamente ubicada sobre el kimono doblado, forrada en una funda de cuero negro; y para sorpresa de Sebastián; ambas morbosamente ensangrentadas.
- ¡Cacha weon!... la media katana - dijo Sebastián, al tiempo que la tomaba e intentaba desenfundarla.
- ¡Oh!... sí... -
Sobre el tope del mango (fuchi-gane) había miles de tallados: dragones, tigres, bambúes, hojas, aves, un sol naciente, etc... todos perfectamente dispuestos de una manera que trasmitía armonía y perfección. Sobre el mango, una pequeña bandera de Japón, aparentemente confeccionada a mano, sobrepuesta y sostenida sobre el mango (tsuka-maki) por un entramado de hilos de algodón o seda de una manera muy caprichosa.
- ¡Cortemos algo? - dijo el amigo
- Ya... -
- Mi abuelo tiene caleta de cachureos en el patio... ahi podriamos cortar un par de cuestiones - dijo el amigo
- Ya pos... buena idea -
Al abrirla, gracias a un pequeño botón que Sebastián pudo encontrar, la katana se abrió, exponiendo su precioso filo, brillante y penetrante. Decidieron cortar un trozo de espuma y un tronco de unos veinte centímetros de ancho, ambos artículos dispuestos entre dos sillones.
No hace falta decir que el filo de la katana atravesó ambos a una velocidad impresionante... sin desacelerar su trayectoria y haciendo un intimidante "chin" al acabar de cortar.
Lo que Sebastián no vió, fue que al manipular la katana, pasó a llevar la posición de los hilos de seda sobre la bandera de Japón, cambiando de posición algunos de los nudos; y otros desarmándolos, y por ende; cambiando toda la armonía que había en el mango. Sebastián no lo supo en ese instante, pero una extraña sensación lo recorrió por todo el espinazo, un silencio gobernó por unos segundos la habitación de atrás, y ambos se miraron fijamente; sin saber el porqué, y guardaron un silencio sagrado.
- ¿Que onda? - preguntó susurrando sebastián
- no sé - dijo su amigo, al cabo de unos segundos y de haber recorrido toda la habitación con la mrada.
Ambos decidieron guardar todo en el baúl, rápidamente, y pretender que nada de esto había sucedido; y obviamente no contarle nada de esto a su padre, pues él se pondría furioso. Lo que no sabían era que el padre de su amigo llegaría tan sólo siete o diez segundos despues que el baúl estuvo cerrado.
Al entrar, el padre vio a Sebastián y su hijo, sentados a la mesa, mirando fijamente sus cuadernos, con un tono de arrepentimiento, y de culpa... en silencio
- ¿Que ha pasado aquí? - preguntó el padre
- Nada, Papá -
- Sí. Nada, tío -
- ¡¿Cómo que nada?!... ¡Ustedes han abierto el baúl!... - exclamó, al tiempo que miraba el baúl y notaba que faltaba sólo un perno en su lugar, y el televisor estaba tan solo unos grados desplazado hacia la izquierda
Revisando el contenido del baúl, observó la katana, y al primer lugar que dirijió su mirada fue; para mal de Sebastián, a la bandera que había en el mango.
- ¿Quién movió la bandera? - preguntó furioso
- ¿Acaso no saben que esto era demasiado valioso para mi? - insistió
- ¡Miren!... Éste es mi papá -
- ¡tu abuelo! - dijo, mostrando una foto en blanco y negro.
El abuelo, con traje de militar, posando su botín derecho sobre el pecho de un hombre muerto en el piso, con un kimono ensangrentado. El hombre de pie mostraba orgulloso una bandera de Japón ensangrentada y ajada por el fuego y en su otra mano, una katana impresionantemente parecida a la que Sebastián acababa de manipular.
El Padre de su amigo sólo guardó todo de vuelta en el baúl y se fue. Dio un golpe a la puerta de entrada y cerró.
- No sabía - dijo Sebastián arrepentido
- Menos yo -
Un silencio volvió a abrumar la habitación... Sebastián y su amigo sintieron un gran arrepentimiento, y ambos se miraron por un segundo.
La bandera atada sobre el mango no era sólo un adorno. Un samurai no es samurai hasta que su alma lo es. Cada vez que un guerrero japonés era condecorado con el alto grado de responsabilidad que ser un samurai implica, le era entregada esa bandera y ésta era atada caprichosamente sobre el mango de su preciada katana, simbolizando la eterna unión que habría de existir entre el hombre y el acero, entre el samurai y su arma, entre la carne y el metal... una eterna y sagrada unión que habría de perdurar por siglos.
Esa tarde, el alma de un samurai había sido liberada de la katana. Una sagrada unión había sido rota, y Sebastián no podía estar más arrepentido, aún sin saber exactamente por qué.
Algunos dicen que sobre quién rompa este vínculo caerá una maldición. Otros dicen que recibirá las bendiciones que un samurai recibía, y otros sicen que esto es sólo un mito, pero la verdad es que desde esa tarde, hay algo en sebastián que ni él mismo puede explicar.
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FIN
Gracias a sebastián por la historia. Esta historia está basada en hechos de la vida real, sin embargo un par de detalles, para hacer la narración un poquito más intensa, han sido agregados.
Gracias por visitar mi blog.
Chuck

1 comentario:

Anónimo dijo...

Compadre te pasaste!! esta muy wena la historia, te felicito de veras y ni te imaginas lo emocionante ke es leerla para mí;nunca imagine ke a alguien le importaría o me creería esta experiencia mágica ke viví hace tantos años.Te felicito de nuevo por tu creatividad y talento,y por creer ke aún hoy nos podemos encontrar con cosas fuera de este mundo, de este tiempo, de nuestras rutinarias vidas.Lo único ke espero es ke la maldición no caiga en mi!!! no kiero cargar con la furia de un capitán-samurai del más allá....casi me cagé cuendo leí esa parte...jajja...pero bueno,quizá me lo merezco,pero jamás me arrepentiré de lo ke hice, porque aunke carge con la culpa de quebrantar su alma nunca lo hice con mala intención...(parece confesión la wea!!)...espero ke haya sido un privilegiado y no un condenado.Es gracioso lo ke digo,la dura ke me hiciste dudar de lo ke hice cuando lo leí...por lo menos en mi causaste un efecto ke no me esperaba.Por haberme hecho reflexionar a ese punto y por tu talento, una vez más, Felicitaciones!!! saludos,
Sebastián, el condenado.