jueves, 27 de abril de 2006

Ensayo: Una aproximación a la pregunta por el hombre

Introducción

Bien sabemos que la vida, o mejor dicho, el acontecer mundano está lleno de preguntas de toda índole, para las que han nacido una buena cantidad de metodologías para aproximarse a su descripción, análisis, interpretación y posterior explicación. En el minuto que un hombre se pregunta sobre cómo es que funcionan sus pulmones, por ejemplo, ya conoce a qué disciplina dirigirse para obtener una respuesta: La biología. Simultáneamente o no, seguramente alguien se está preguntando sobre, por ejemplo, cómo es que los planetas de millones de toneladas de masa giran en torno a otro astro inmensamente más grande y lejano, en un ciclo infinito y perfecto, pregunta para la cual también sabe a qué disciplina dirigirse: La física, disciplinas que se han denominado “ciencias empíricas, objetivas o positivas” Pero ¿y qué de aquél que se pregunta sobre qué es el hombre, cómo reducir aquella perfecta, por decir lo menos, y majestuosa unión entre cuerpo y alma plasmada en un ser tan perfecto e imperfecto a la vez, como el ser humano? ¿Cómo y quién le responde tal magnífica interrogante que ha cautivado a el mundo entero por siglos? La respuesta parece ser inmediata, trivial; y lo es: La antropología filosófica. Esta disciplina científica pretende ser un conocimiento objetivo del ser humano, que alcance certezas básicas, y que no lo haga únicamente mediante un estudio ordenado de los hechos de la realidad, cual espejo que sólo refleja en forma completamente “pasiva” lo que ocurre. Busca, asimismo, lograr entregar una imagen unitaria, completa, del ser humano, recogiendo los principales aportes de aquellas ciencias particulares u objetivas, y de otros ámbitos de la cultura, coordinándolos y reflexionando sobre su alcance con ayuda de la lógica y de la filosofía de la ciencia.
A lo largo de este ensayo intentaré dar una respuesta a una pregunta que ha tenido su origen tal como han nacido todas las demás: por un vacío. Si en algún momento alguien quiso saber cómo es que funcionan sus pulmones, o cómo es que los planetas de millones de toneladas de masa giran en torno a otros inmensamente más grandes y lejanos, fue porque este sujeto no sabía como es que ocurría aquello, y quiso llenar aquél vacío que lo aquejaba, pues, el ser humano desea por naturaleza saber, es decir, ama el conocer por sí mismo y, por ello, está abierto al conocimiento de todo lo real. “El hombre es por naturaleza filósofo”(1). Igualmente me ha sucedido con esta pregunta: nació como una necesidad de responder, de llenar un vacío, no sólo de saber, sino encontrar la respuesta a la pregunta ¿de dónde venimos?... siendo el hombre una sustancia individual de naturaleza racional, ordenado aparentemente con una intencionalidad, una finalidad, en un microcosmos; ¿Podemos por lo tanto atribuirle necesariamente tal disposición a un ser superior? Interesante es, pues, la forma en que la antropología filosófica, mediante varios brillantes exponentes, intentan acercarse a una forma correcta de interpretar esto, a partir de sus métodos y formas, y que espero me permitan llegar a alguna conclusión al final de este ensayo.

Un vago intento de acercamiento.

De acuerdo a lo que hemos llamado el “ideal clásico de la Antropología”, ésta busca el reconocimiento de las características radicales del ser humano, fundándose en la naturaleza humana, reconociéndolas en las distintas manifestaciones sensibles y contingentes, trascendiéndolas para alcanzar lo universal, esto es, buscar conocer cada una de las características más distintivas y especiales del ser humano, verlas y captarlas a través de las manifestaciones presentes en el hombre, y en un sentido, inducirlas como universales, representativas de la naturaleza humana. Ahora bien, esta parece una magnífica manera de acercarse a aquella pregunta planteada más arriba, un método que se basa prácticamente en la experiencia, sin embargo, está perfectamente claro que a través de la experiencia y la inteligencia humana se pueden inducir(2) correctamente características perfectamente representativas(3) de la naturaleza humana, que se pueden tomar como generales a partir de observarlas en un solo, o un grupo representativo de hombres, mas, a partir de esta misma experiencia, llamada la madre de todas las ciencias(4), hay un detalle, una simple característica que no puede ser inducida, deducida o inteligida de ninguna forma que sea completamente verificable por la práctica en modo alguno: la naturaleza divina del hombre, como una criatura nacida de manos de un ser superior, con una intención perfectamente establecida para ella. Además, a partir de la razón e inteligencia, y partiendo de la base de estas manifestaciones sensibles y contingentes de la experiencia humana, podríamos llegar fácilmente a conclusiones que nuestra mente considera como universales o representativas de la naturaleza humana, pero que realmente no lo son, sino que resultan ser sólo un artificio de la mente humana, un “flatus vocis”(5). A partir de ello es fácil concluir entonces que las generalizaciones, llamadas inducciones más arriba, no son del todo correctas en su mayoría, pues sería totalmente injusto llamarlas completamente erróneas en su totalidad, ya que la experiencia, por segura o real que fuere no permite generalizar(6) siempre. Por esto mismo, y considerando de momento que sí es factible, a partir de la experiencia de la observación que el hombre es una sustancia individual de naturaleza racional que está, a falta de una mejor palabra, perfectamente ordenada, entonces necesariamente existe un creador perfecto que ha ideado a esta “cosa”(7) y todas las otras “cosas” que comparten sus características más esenciales y representativas, y que por lo tanto ha sido creador de todo lo demás existente, entonces no es descabellado en lo absoluto pensar que esto es sólo un artificio de la mente, que es una conclusión un tanto apresurada y que únicamente es una premisa que sigue la tendencia natural humana, aquella fuerza humana innata de proponer leyes universales(8) aplicables a cada uno de los sujetos, una “manía” de contestar todo aquello que no puede explicar mediante la razón con un creador omnipotente y omnipresente y que, eventualmente; cuando ya todo sea explicable mediante el uso de la razón, esta práctica caerá por desuso(9).

La razón puesta en tela de juicio.
Bien se dijo al principio de este ensayo que la razón es la característica más distintiva y radical del ser humano, de modo tal que bajo el nombre de proyecto cartesiano existió una forma de mirar al mundo basada en la razón: la razón humana sería la que abriría las puertas de todo lo existente. Mediante la razón el hombre sería capaz, eventualmente, de aproximarse a la descripción, análisis, interpretación y posterior explicación de todos los aspectos de su realidad circundante, caracterizado por ésta fundarse en un sistema racional cerrado para explicar la realidad, y además al hombre mismo, con un pensamiento bastante fuerte y un gran deseo de certeza. Pero por muy perfecta que parezca esta metodología, fue puesta en tela de juicio. Muy probablemente a causa de algún o algunos acontecimientos históricos que marcaron una época, en la que quedó plasmada una imagen del ser humano de desalmado, animal, destructor o atropellador de otros seres humanos también.
La principal crítica a este sistema fue hecha por Marx, Nietzche y Freud, quienes como filósofos de sospecha, o llamados “hermeneutas de la sospecha”, redujeron aquello calificado de superior a algo inferior, esto es, le quitaron toda importancia a lo que antes se había considerado como superior: la razón humana.
Según Marx, todo lo que mueve al hombre es un afán económico. Sitúa a esta realidad cómo único motor de la historia y del hombre, como la única finalidad que hace al hombre actuar de tal o cual manera, es decir, desplaza al principal tronco del hombre, desde el uso de razón, a un afán económico. Nietzche por su parte, propugna que la idea de la igualdad –aquello que consideraremos como algo “superior”- no es más que una invención de los más débiles para protegerse de los más fuertes, y que en último caso es completamente representativa de la moral cristiana(10). Llama a que debe practicarse la moral del más fuerte, pues es más espontánea –natural- y más evidente –obvia-.
Freud, en su obra, habla que el motor del hombre y de la humanidad en general, es el apetito sexual, la libido, la que sea reprimida o suprimida, es la que finalmente decide la forma particular de actuar de una persona, aun estando interiorizada –no satisfecha- pues éste busca su forma de expresarse.
Tomando en cuenta estos aspectos, la igualdad –ese bien tan preciado- como una mera invención por parte de los esclavos o los más débiles para protegerse de los más fuertes, o considerando que la única razón por la que los seres humanos actuamos son los apetitos sexuales reprimidos o suprimidos, o bien que nos movemos sólo por intereses económicos, resulta perfectamente válido concluir que todas estas características, de fondo negativas, no son más que expresiones de una naturaleza humana de carácter no divino, de un carácter terrenal o inmanente, que representa al hombre como presa de sus instintos.
Ahora bien, puede ser refutada esta forma de mirar al hombre, a través de lo que en un principio la originó: la rebeldía. Podría pensarse que estas posturas, estas tesis, son producto de una rebeldía contra la humanidad, puede pensarse que son una respuesta al hecho que las originó en primer lugar, como la aparente falta de razón en algunos hechos particulares de la historia, bien como la frenética tendencia del hombre de acumular y acumular riquezas, muchas veces a costa de lo que sea, o bien la evidente búsqueda de placer del hombre, particularmente el placer sexual.
Todo ello hace suponer que Freud, Marx y Nietzche desarrollaron sus ideas a partir de un sentimiento de rebeldía, un impulso, algo que no está gobernado por la razón y por lo tanto que sustentó de una manera que tal vez no advirtieron, su propia teoría sobre cuál o cuáles son los aspectos más radicales y representativos de la naturaleza humana, sobre los cuales había reflexionado.
No cabe duda alguna que este es un tema, por decir lo menos, delicado, ya que toca directamente las creencias de varios cientos de personas. Para otros este es un simple ensayo más de antropología filosófica, y para otra cantidad –que ha de ser mucho menor- representa una instancia para leer y aprender más sobre esta disciplina científica tan compleja y llena de aristas que es la antropología filosófica.
Al momento de aventurarme a escribir estas líneas, lo hice con la clara intención de responderme aquella interrogante tan sublime planteada en la introducción, y sin embargo, he llegado a la triste conclusión que estamos pisando un terreno muy blando, una suerte de arenas movedizas de la antropología, que estamos trabajando con datos que aunque muchos mal llaman experiencia y que efectivamente no lo es, a partir de ella no podremos concluir nada que ya no sea conocido de antemano por esta disciplina.
Por ello es que al final descubrí que esta noble pregunta es una interrogante condenada a seguir sin respuesta, durante mucho tiempo –por no ser demasiado tajante y decir “nunca jamás”- y que hagamos lo que hagamos, digamos lo que digamos, filosofemos lo que filosofemos, el ser humano, en su naturaleza más representativa es y seguirá siendo una sustancia, un ente, o como sea que se le quiera llamar, dotado de una característica única en su reino, una de las armas más poderosas de la naturaleza, aunque alguno haya tenido la insolencia de llamarla “ciega, sorda, estúpida, impía y sacrílega”(11): el alma y la razón. Y si bien han aparecido varios exponentes de corrientes de pensamiento, tal vez con un afán crítico, tal vez como una rebeldía o tal vez como una forma de expresar lo que consideraban la correcta interpretación de la naturaleza humana, seguirán viniendo nuevos pensadores en los siglos venideros que, quizá en un futuro lejano o cercano, sean capaces de ponerse de acuerdo en esto.
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(1) Según la tradición aristotélica.
(2)Tómese como usar un aspecto particular y a partir de ello considerarlo como general.
(3)Tal es el caso de los silogismos: Si A>B, y B>C, entonces necesariamente A>C.
(4)Leonardo Da Vinci (1452 – 1519)
(5,8)Guillermo de Ockham (1285-1349) (?)
(6)Cabe aquí señalar que me refiero a las generalizaciones acerca de la naturaleza humana, ya que es indiscutible una generalización matemática, como la mencionada en (3).
(7)Tómese “cosa” como el concepto acuñado por R. Descartes: Cosa como sustancia material, corpórea. Extensa y pensante. (Res extensa – Res cogitans)
(9) Marx, K.
(10)“La moral cristiana es una moral de esclavos”
(11)Lutero, M., Sobre la libertad esclava – Luther Werke.

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