viernes, 19 de junio de 2020

El pequeño visitante

"El pequeño visitante"

Capítulo primero

Sentada en su sillón favorito, una poltrona tapizada de cuero que le había regalado su amigo Francisco, veía televisión. Tarde, cerca de las dos de la madrugada, Antonia estaba sola. Sola a oscuras, viendo su programa favorito. Desde pequeña, Antonia había desarrollado un gusto especial por todo aquello que hablara de lo escondido, de demonios y ángeles, sucesos paranormales y extraterrestres come-hombres visitando la tierra, y aunque muchas veces sufría de escalofríos y un fuerte miedo, no podía dejar de verlos, sola en el living.

Esa noche hacía mucho frío y, durante un comercial, el teléfono sonó. Al cabo de unos segundos el teléfono sonó una segunda vez... Luego el teléfono sonó una tercera vez.

—¿Aló? —dijo Antonia, sin poder escuchar ningún sonido del otro lado. Pensó que debía ser un número equivocado, mientras caminaba, cerrando su bata, hacia el sillón; al tiempo que todo el primer piso relucía con la televisión.

Antonia se sentó cómoda y, dándole un gran susto, el teléfono sonó nuevamente. Se puso de pie, inexplicablemente nerviosa, y caminó dubitativa hacia el aparato. Levantó el auricular levemente temblorosa, sin saber el porqué, y alzó la voz.

—¿Aló? —repitió Antonia con voz temblorosa, en tanto revisaba en el visor del teléfono el número de donde provenía la llamada. Andrés decía el visor. El número de su Andrés se veía en la pantalla.

Su Andrés, que había venido desde Valdivia por unas semanas y estaba tomando una siesta desde hace unas horas en el segundo piso. Pensó que seguramente le estaba jugando una broma e intentando asustarla. Tomó un par de pasos y encendió la luz del comedor.

—¡Andrés!... ¡Andresito!... ¿Eres tú? —gritó Antonia desde la base de la escalera, buscando una respuesta.

Desde arriba sólo se podía oír el silencio absoluto.

—¡Andrés!... ¡Andresito!... ¿Eres tú? —repitió Antonia gritando, marcando el número de celular de Andrés en el teléfono.

—Esta llamada será transferida al buzón de... —Antonia cortó. No oyó nada. Sólo silencio se escuchaba desde arriba.

Antonia decidió subir las escaleras e ir a vigilar a Andrés. Sólo a mirar qué estaba haciendo. Mientras subía la escalera, pensó en su interior y se hizo un panorama optimista de lo que tal vez estaba ocurriendo. Pensó e imaginó a Andrés con audífonos oyendo música, imposibilitado de oír el teléfono. Sabía que aquéllo no explicaba el desvío al buzón de voz, pero prefirió ignorar su instinto, todo mientras subía el primer escalón de la larga escalera.

Antonia subía uno a uno los escalones, inquieta. Nerviosa e inquieta, claro, por la situación, y pensando cosas cada ves más inverosímiles y conspirativas.

«Quizá lo mataron... ¡No!... ¡Imposible», pensó Antonia, cerca ya de la mitad de la escalera. Volvió a llamar hacia arriba, en un intento por salir de su vorágine imaginativa, sin embargo, no tuvo respuesta.

Ya cuando se aprestaba a pisar el siguiente escalón, oyó pasos arriba. No eran pasos comunes y corrientes como de un ser humano caminando, sino más bien se oían como hechos por una criatura descalza, de poco tamaño, y que hubiese corrido por el pasillo, de un extremo a otro, a una velocidad increíble.

Antonia, asustadísima por lo que acababa de oír, subió corriendo lo que restaba de escaleras, llegó a la habitación de Andrés, ubicada hacia el final del pasillo, abrió la puerta de golpe, y se quedó como congelada observando la cama de Andrés, completamente impactada.


jueves, 7 de mayo de 2020

Conversaciones entre el Ser Humano y La Vida: Tertulias. Cuarto: "#YoMeQuedoEnCasa"

#YoMeQuedoEnCasa

Se arremangó la camisa hasta el codo, sacó su anillo de plata y su hebra roja de su muñeca izquierda. Desabotonó su camisa en el primer y segundo botón y aflojó su corbata negra.
—¿Cansado? —preguntó La Vida.
—Muy cansado. Tuve un día horrible la verdad.
—¿Qué te pasó? —desatándole el nudo de la corbata y sacándola con cuidado.
—El cierre de año… ya estamos en diciembre ¿sabes? —torció su cuello y lo masajeó suavemente con su mano derecha—. Todos los años es igual —suspiró.
La Vida hizo una pausa tierna y le sonrió con la mitad de la boca. Le tomó una mejilla y le guiñó un ojo. Al Hombre le encantaba que ella hiciera eso. Sabía que cuando adoptaba esa actitud, todo se ponía mejor, siempre.
—Además, en el camino, me topé con un verdadero imbécil —profesó.
Quiso agregarle dramatismo a su relato. Le pareció que no tenía suficiente conflicto.
—Estás muy cansado de ese trabajo, ¿verdad?
—Bastante… Se ha vuelto monótono. Quisiera que hubiera algo que…
La Vida le pellizcó la mejilla, y le interrumpió.
—Y el tiempo de desplazamiento te agota mucho, ¿no?
El Hombre se quedó mirándola, sin pestañear. Algo le dijo que se traía algo entre manos o que urdía algún plan mayéutico magistral. Cuando empezaba así, nunca sabía muy bien qué contestar.
—Un poco —respondió dubitativo.
—Tal vez sea buena idea, querido, que vayas pensando en comprarte un coche.
—La gasolina está carísima, ¿sabes?... No sé si me sea más rentable el autobús o pagar el combustible a diario.
—Ajá —bufó.
La Vida le soltó la mejilla, se giró rápido y se alejó
—No te preocupes, yo haré algo al respecto —volteando su cabeza parcialmente y mostrándole los dientes.
—¿Qué harás, Vida? —inquirió, nervioso.
—No te asustes… Sé como puedo ayudarte en todo esto, solo prométeme que, cuando lo haga, te quedarás en casa.
—¡Pan comido!
—Ya lo veremos… ya lo veremos.

martes, 5 de mayo de 2020

Conversaciones entre el Ser Humano y La Vida: Tertulias. Segundo: "A fuego lento"

"A fuego lento"

—Realmente eres un tonto —dijo La Vida, con una mirada desafiante y a la vez lastimosa.
—¿A qué te refieres con eso, Vida? —preguntó El Hombre, arqueando una ceja.
—¿Ya has revisado la receta de la carne mechada? —preguntó.
—¿Y eso qué tiene que ver con lo primero? —dijo, confundido, El Hombre.
—¿Has leído la receta de huevos escalfados?
—Sigo sin entenderte... sin entenderte nada.
—¿Pavo asado?... ¿Paella?... ¿Papas rellenas?... ¿Pascualina?...
—Tú estás loca, Vida. ¡Tú eres la loca! —exclamó, todavía perdido—. ¿Qué tiene eso que ver?...
—Deberías haberlo visto ya. Todas esas recetas llevan una instrucción muy precisa y que resulta, aunque no lo creas, fundamental para su preparación. Hay muchas otras más, pero no vale la pena enumerarlas... ¿Todavía no lo ves? —preguntó.
—La verdad... ¿Cocinar a fuego lento?... —preguntó dubitativo El Hombre.
—Exacto. Cocinar a fuego lento. Tú lo has dicho. Si cocinas una carne mechada a fuego fuerte, seguro tendrás tu almuerzo en cosa de minutos, pero la carne no resultará igualmente jugosa, tierna y sabrosa —le apuntó con un dedo—. Es más, te quedará cruda en el centro.
—¡Ahora lo veo!
—En la cocina, también, el fuego lento lo es todo.
—¡Ya me ha dado hambre!
—Eres un tonto... siempre lo has sido.
Ambos soltaron una risotada.

domingo, 3 de mayo de 2020

Conversaciones entre el Ser Humano y la Vida: Tertulias. Tercero: "Búsqueda de culpables"

"Búsqueda de culpables"

El hervidor vibraba rítmicamente sobre la encimera, mientras el vapor ascendía rápidamente expandiéndose y colándose entre los muebles y las puertas abiertas donde guardaba sus platos y tazones, humedeciéndolos suavemente. La Mujer y La Vida tomarían una taza de café.
—¿Azúcar? —preguntó La Mujer.
—Sólo crema, por favor —contestó La Vida.
—Quisiera preguntarte algo muy importante —dijo La Mujer mientras servía agua muy lentamente sobre el filtro de papel, y permitía que el agua goteara sobre el contenedor de cristal.
—¿No será nuevamente acerca de él o sí? —preguntó La Vida, mirando dentro de su taza vacía.
—Es que yo ya no te entiendo nada… —suspiró La Mujer, un poco abatida—. Lo he buscado por todos lados, y aún no lo encuentro —agregó, mientras volcaba un poco más de agua.
—Ese es precisamente tu problema, Mujer —mostrándole su taza—. Lo que tú no has entendido hasta ahora; y francamente no comprendo por qué; es que no debes buscarle. Eso ya lo habíamos hablado antes —agregó, mirando el vapor ascender, y recogiendo una enorme bocanada del aroma con su nariz.
—Y si no le busco, ¿quién lo hará? —preguntó La Mujer—. ¿Acaso tengo algo fundamentalmente inaceptable en mi persona? ¿Acaso soy yo culpable? —añadió sirviendo el café dentro de su taza, en inhalando profundamente.
—La búsqueda de culpables, querida… —luego de sorber un poco de café y saborearlo por un par de segundos—, es un proceso macabro. En este juicio tú eres la única sospechosa, la única víctima y, por consiguiente; luego del juicio auto infringido; la única culpable luego del análisis independiente del prisma con que analices la situación —sorbiendo un poco de café.
Ella inclinó su cabeza como intentando procesar lo que acababa de oír.
—La búsqueda consiste, como te lo he dicho ya, en irradiar alegría y amor propio. El hacerlo genera infinitas líneas de fuerza que hacen gravitar esa otra alma hacia ti. Esto, mi querida, es un proceso espontáneo.
—¿Como cuando se enfría mi café? —preguntó, con un tono un poco sarcástico.
—Exacto. Eres muy inteligente —dijo con una sonrisa muy elegante, tomando la taza con ambas manos, y guiñando uno de sus lindos ojos azules.

viernes, 1 de mayo de 2020

Conversaciones entre el Ser Humano y La Vida: Tertulias. Primero: "Almas gemelas"

"Almas gemelas"

—Te crearé a ti... Imperfecto e incompleto —dijo La Vida.
—¿Y por qué incompleto? —preguntó El Hombre.
—No te preocupes, pues además crearé un alma perfectamente compatible contigo y que te completará como ser humano. Llenará todo aquello que te falta y así mismo tú completarás a esa otra alma en todas sus faltas —contestó—. Le llamaremos tu alma gemela —agregó, levantándole una ceja—. ¿Te parece bien? —continuó.
—¡Genial!... ¿Y dónde le encuentro? —preguntó, entusiasmado, El Hombre.
—Ese es precisamente el acertijo… ¿Sabes?... No te diré dónde encontrarle, ni tampoco te diré cómo se ve. No te diré su nombre ni sus iniciales. Ni sus gustos ni sus miedos, ni mucho menos sus ansiedades. No sabrás qué le hace feliz, ni qué le entristece. No tendrás ideas de cuáles son sus metas ni mucho menos conocerás su voz —soltándole una sonrisa macabra—. Tampoco te diré si es hombre o mujer —dijo La Vida frotando sus manos—. ¡Y que ni se te ocurra buscarle!... Cuanto más le buscas, más le alejas —agregó con una risa burlesca.
El Hombre, dudoso, entonces frunciendo el ceño, continuó.
—¿Y cómo sabré, entonces, cuando le encuentre?... ¿Debo acaso esperar que aparezca mágicamente?... ¿Cómo podré saber si es o no mi alma gemela cuando le vea?... ¿Y si pasamos uno al lado del otro en una calle, como perfectos extraños un día? —preguntó el ser humano; comenzando a ofuscarse.
—Sólo lo sabrás... Sólo lo sabrás —contesto La Vida.
—¡Qué juego más sádico y desolador es el tuyo! —le contestó El Hombre, disgustado y poniéndose de pie para retirarse.
La Vida, satisfecha, agregó:
—No tienes opción, hombre. Debes jugar a mi juego. La buena noticia, eso sí, es que hay alguien que opera a tu favor... y que siempre ha operado a tu favor—agregó, antes que El Hombre se retirara y abriendo una cajetilla de cigarrillos.
—¿A sí? —Se detuvo y preguntó, interesado.
—Sí... —prendió uno de los cigarrillos—. Se llama Destino —aspiró—. El Destino ha tomado vuestro lado y siempre conspira a vuestro favor. Almas gemelas pertenecen a vidas confluyentes, y eso lo sabe muy bien —exhaló humo, algo molesta La Vida—. Las almas gemelas siempre orbitan sus alrededores y el destino encontrará la forma de reunirlas. El truco, sin embargo, es tener tu corazón abierto, dejar los dados rolar y esperar por tu premio.
—Sigo sin comprender el porqué… —contestó El Hombre.
—No tienes que comprender nada. Ahora ve y vive... Vive tu vida y confía en su llegada.

miércoles, 15 de abril de 2020

El Cirujano

"El Cirujano" - Disponible en Pathbooks.app

La nueva era en la narrativa digital, creo, empieza en Pathbooks. James M. Damerose es un médico que se dedica, en sus horas libres del pabellón y de las consultas médicas, a la extracción de órganos para venderlos a una mafia internacional de tráfico de órganos.

Su personalidad adictiva, su pasado oscuro y su afición por lo macabro, han desarrollado una esencia maligna y que busca complacerse con el sufrimiento de los demás. Buscando convertirse, tal vez sin quererlo, en un asesino en serie, emprende un camino que estará lleno de decisiones que lo podrán llevar a cumplir sus fantasías o bien a terminar de la manera que jamás lo imaginó.

Dale vida a James M. Damerose, en Pathbooks. Aún no está disponible, pues se encuentra en etapa de edición, sin embargo, no bien aparezca en la app, comunicaré el vínculo.
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F.T. Besnier

martes, 16 de septiembre de 2014

Regresión

-Cierra tus ojos y comienza a relajarte- Dijo el doctor, sosteniendo un elegante péndulo con una amatista biselada en su extremo inferior.
La habitación era pequeña, con paredes acolchadas y un solo sillón elegante y una poltrona donde Fernando se halaba recostado. Había contabilizado en su mente la superficie del lugar y se sentía extrañamente cómodo, a pesar del reducido espacio.
-Toma aire profundamente y exhala muy lento- Agregó mirando a Fernando a los ojos.
-Concéntrate en tu respiración. Con cada respiro sientes cada vez más calma.
El sonido del tic tac del reloj de la muralla parecía cada vez más lejano.
-Imagina una luz blanca sobre tu cabeza. Concéntrate en ella a medida que fluye a través de todo tu cuerpo.
La voz parecía cada vez más lejana.
-Permítete llevar, a medida que caes más y más profundo a un estado mental de total relajación.
-A medida que cuente de diez a uno, sentirás paz y calma.
-Diez. Entrarás a un lugar seguro en que nada puede dañarte.
-Nueve…
-Ocho…
-Siete…
La voz se había alejado aún más. Aquella voz grave y rasposa del doctor ya no era parte del mismo plano donde estaba Fernando. Había migrado, sin poder determinar el instante exacto en que lo había hecho, a un plano diferente. No era superior ni tampoco un plano inferior. Era como si la voz estuviera atravesando, a duras penas, un velo invisible y desconcertantemente denso y delgado a la vez. Era como si la voz fuera parte de él y a la vez no. Esa sensación fue agradable en extremo, calmante y tranquilizadora. Fernando sólo se dejó llevar.
-Seis…
-Cinco…
-Cuatro…
-Tres…
El doctor tomó una bocanada de aire, encendió un cigarrillo, y continuó.
-Dos…
-Uno…
La amatista se detuvo. Fernando yacía recostado en la misma posición que había tomado allí desde que el guardia quitó sus esposas y le dijo que se recostada, para esperar al doctor que no tardaría en llegar a la sala.
El doctor depositó la amatista y su cadena suavemente en su regazo, cuidando de no hacer ruido alguno, tomó su cuaderno de notas desde su maletín de cuero, una grabadora de bolsillo y comenzó a grabar. Dio unos segundos antes de hablar, para que el silencio se apoderara del lugar.
-14 de Junio de 1982.
-Reo número 151468. Ha respondido bien- Dijo ojeando el expediente que se le había entregado.
-¿Cuál es tu nombre?- Preguntó al cabo de unos segundos.
-Fernando.
-¿Hace cuánto estás aquí?
-Hace catorce meses.
-¿Por qué estás aquí?
-No lo recuerdo.
-Trata de recordar algo reciente. ¿Recuerdas esta mañana? ¿Qué desayunaste esta mañana?
-El desayuno entregado…
Fernando hablaba pausadamente. Hablaba con una calma pastosa, una calma que jamás lo había caracterizado. Estaba sumido en un profundo trance.
-El desayuno entregado fue un trozo de pan con salami, una taza de café y un poco de mermelada.
-Bien. Retrocedamos un poco más ¿Puedes? Quiero que vuelvas a unos meses atrás. Volvamos a la noche de año nuevo antes de llegar acá.
-Estoy en una fiesta. Están todos contentos. Menos yo.
-¿Está la joven allí?
-Siempre está conmigo. Esa noche discutimos.
-Dame más detalles, por favor.
-Luego de beber ese trago, hice un comentario que no le gustó. Estaba inusualmente furiosa por ello, como si hubiera estado mordiéndose la rabia por meses. Le dije que lo sentía, pero eso empeoró todo.
-¿Qué comentario hiciste?
-Le dije que el color rosa no le sentaba bien, que más bien prefería el celeste. Que hacía relucir sus ojos de un modo especial. Intenté suavizar la conversación con palabras bellas y con comentarios agradables, pero ella estaba empecinada en discutírmelo todo.
-¿Recuerdas el suceso aquella noche?
-Poco. Estaba muy bebido. Luego de la discusión y su rostro enfurecido decidí borrar esa noche con alcohol y drogas. Ella no lo tomó a bien y me dejó solo, con mis copas y mis píldoras.
Fernando comenzó a disgustarse, y su expresión corporal fue de total incomodidad. Encogía sus hombros y retorcía sus piernas fuertemente. Su rostro comenzaba a ponerse rojo y s cuello estaba tenso y marcado por su musculatura, ahora visible.
-Recuerda que estás en un lugar seguro. Todo esto es una memoria. Tranquilo, por favor. Necesito que recuerdes un poco más adelante. La noche en el apartamento.
-Estoy ensangrentado. Mis manos están pegajosas y con heridas. Ella está tendida en el piso de la cocina, sobre su costado. Sus ojos están abiertos y quitos de vida. Nublados. Estoy asustado. Hay un cuchillo junto a ella.
-Has avanzado mucho, retrocede un poco más
-La discusión sigue. Se ha tornado más violenta. Nunca había visto sus ojos así, iracundos y llenos de odio. Creo que debe haber algo más. Quizá ella lo sabe y por eso se ha puesto así.
-Deja que el recuerdo te invada. Déjalo ingresar.
-Le he pedido que se detenga. No quiero hacerle daño, pero me está obligando a hacerlo.
-¿Qué más?
-Tomó la vasija de ónix. La vasija de su abuela, y ha tirado las flores al piso. Me está amenazando con ella. ¡Intenta golpearme!... ¡Está furiosa!
-Tranquilo, Fernando. Son sólo recuerdos. Nada puede hacerte daño aquí.
Fernando seguía visiblemente incómodo. Estaba en posición fetal, sosteniendo su barriga y de hombros encogidos. Las lágrimas comenzaban a brotar.
-¿Qué haces tú?
-Me escondo tras el sillón, pero me alcanza. Estamos forcejeando por la vasija. La navaja suiza que había perdido hace semanas cae desde el interior de la vasija y queda allí tirada.
-¿Y qué ocurre?
-Ambos miramos la navaja por un segundo. Luego me miró y se abalanzó sobre ella. Temí por mi vida, y me lancé también a por ella. Forcejeamos un rato, hasta que logré tomarla. Puse mi mano derecha en su pecho para detenerla.
-¿Luego?...
-Está furiosa. No se detiene. Me ha intentado morder. Hago fuerzas y la logro reducir. Con todas mis fuerzas la detengo en el piso, e intento hacerla entrar en razón.
Ya había transcurrido más de una hora, y Fernando estaba sudando. Tenía su frente mojada y su pecho inflamado. Había comenzado a jadear de un modo preocupante, y ello obligó a dejar la sesión para la siguiente semana.
-Has hecho un buen trabajo. Ahora volveremos. Quiero que despiertes cuando cuente hasta tres. Abrirás los ojos y sentirás calma, paz y sabrás que todo ha sido un recuerdo.
-Reo 151468 ha respondido bien- Dijo el doctor a la grabadora.
-Cuando diga tres, despertarás, Fernando. Ahora respira tranquilo.
-Tres…
-Dos…
-Uno… Despierta.
Fernando abrió los ojos, lentamente, se incorporó en posición de decúbito y respiró profundamente. Limpió una lágrima de sus ojos y miró al doctor por un segundo.
-¿Cuánto he dormido?
-Lo suficiente. Has hecho un buen trabajo.
-Yo no la maté, doctor. Yo no la maté.
-Eso lo veremos. Para eso estoy aquí.