#YoMeQuedoEnCasa
Se arremangó la camisa hasta el codo, sacó su anillo de plata y su hebra roja de su muñeca izquierda. Desabotonó su camisa en el primer y segundo botón y aflojó su corbata negra.
—¿Cansado? —preguntó La Vida.
—Muy cansado. Tuve un día horrible la verdad.
—¿Qué te pasó? —desatándole el nudo de la corbata y sacándola con cuidado.
—El cierre de año… ya estamos en diciembre ¿sabes? —torció su cuello y lo masajeó suavemente con su mano derecha—. Todos los años es igual —suspiró.
La Vida hizo una pausa tierna y le sonrió con la mitad de la boca. Le tomó una mejilla y le guiñó un ojo. Al Hombre le encantaba que ella hiciera eso. Sabía que cuando adoptaba esa actitud, todo se ponía mejor, siempre.
—Además, en el camino, me topé con un verdadero imbécil —profesó.
Quiso agregarle dramatismo a su relato. Le pareció que no tenía suficiente conflicto.
—Estás muy cansado de ese trabajo, ¿verdad?
—Bastante… Se ha vuelto monótono. Quisiera que hubiera algo que…
La Vida le pellizcó la mejilla, y le interrumpió.
—Y el tiempo de desplazamiento te agota mucho, ¿no?
El Hombre se quedó mirándola, sin pestañear. Algo le dijo que se traía algo entre manos o que urdía algún plan mayéutico magistral. Cuando empezaba así, nunca sabía muy bien qué contestar.
—Un poco —respondió dubitativo.
—Tal vez sea buena idea, querido, que vayas pensando en comprarte un coche.
—La gasolina está carísima, ¿sabes?... No sé si me sea más rentable el autobús o pagar el combustible a diario.
—Ajá —bufó.
La Vida le soltó la mejilla, se giró rápido y se alejó
—No te preocupes, yo haré algo al respecto —volteando su cabeza parcialmente y mostrándole los dientes.
—¿Qué harás, Vida? —inquirió, nervioso.
—No te asustes… Sé como puedo ayudarte en todo esto, solo prométeme que, cuando lo haga, te quedarás en casa.
—¡Pan comido!
—Ya lo veremos… ya lo veremos.
—Ya lo veremos… ya lo veremos.
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