Después de un par de barriles de cerveza, ya no estaba en condiciones de conducir su vehículo. Se había dado cuenta de ello después de ir al baño, cuando al tomar el jabón para lavarse las manos en el fregadero, se vio instalado en el retrete tomando algo que no era jabón. Su mente estaba haciendo zumbidos, tomando hasta el mínimo sonido para convertirlo en un insoportable martilleo en su tímpano, así que de todos modos simplemente no quería conducir.
Decidió, pues, entregarle las llaves de su queridísimo Ford Mustang a su amigo que lo acompañaba esa noche: Miguel, un hombre muy sano... no bebía alcohol de ninguna clase, era vegetariano y tenía pareja estable... una sola. Miguel, como buen hombre que era, aceptó incondicionalmente la petición de Juan y abordó el Ford, dejando a Juan dormir en el asiento acompañante.
La noche pasó muy rápidamente, entre sueños llenos de luces de colores y gritos ensordecedores... jamás hubiera despertado tan temprano, a juzgar por la luz que entraba y el olor a mermelada y quesillo fresco que había en el lugar, si no fuera por ese penetrante dolor en su abdomen y ese agudo pinchazo en su brazo izquierdo. Giró su cabeza, con un tremendo esfuerzo y un gran dolor, y una amigable enfermera de ojos verdes le dijo “Quédese quieto señor Bazofia... le vamos a poner un analgésico... Allá viene el doctor” – señaló hacia el pasillo.
¿Qué me pasó? ¿Dónde está Miguel? – preguntó Juan.
Señor Bazofia – respondió la enfermera - ¿Se ha estado tomando su medicación?... Usted sabe que no debe mezclarla con alcohol.
Llegado el doctor a la habitación, se dirigió a Juan y le dijo una frase que jamás nunca olvidaría: “Despierta, idiota”... mientras le daba una bofetada. Una voz a lo lejos... a la distancia. Era Miguel, en el bar... Juan se estaba quedando dormido de vientre sobre un barril de cerveza y un cenicero quebrado se estaba clavando en su brazo izquierdo
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