sábado, 8 de abril de 2006

Una sonrisa, dame sólo una sonrisa

Aquél podría perfectamente ser un día más en su rutinaria vida, había ocurrido tal y como el resto, en una suerte de letargo sinérgico que, por extraño y difícil que pudiera parecer, solía disfrutarlo de una manera casi patológica. Sin embargo, esta vez había algo diferente, algo perfectamente extraño en esta jornada, prácticamente imperceptible. Una sensación que le hacía sentir que ese día rompería su rutina de una manera jamás antes imaginada por él, y aunque debiera parecerle interesante, incluso llegaba a erizarle la piel de todo el cuerpo.
Aun así, luego de sentir tal extraña mezcla de ansiedad y tranquilidad, pensó que tal vez todo era producto de su imaginación, y que algún sueño que no recordaba o algún recuerdo de esos que se esconden en lo más profundo de nuestro subconsciente lo tenía así. Tomó entonces las llaves de su casa que estaban, como de costumbre, sobre la mesita junto a la puerta de entrada, a unos metros de la ventana principal, y salió rápidamente a la calle.
Afuera el sol y la temperatura eran perfectas, todo fluía de una manera suave y tranquila, casi idílica, y eso indudablemente lo tranquilizó bastante. Luego de caminar por un par de horas, se halló en medio de una calle muy concurrida a esa hora, y aunque ya la había visto en varias oportunidades, pensó que el estar allí a esa hora del día tenía algo que ver con su destino, que una razón mayor lo había puesto allí con una intención determinada que no valía la pena preguntársela, sino sólo dejarse llevar por ella, pues tenía perfectamente claro que intentar evitarlo solamente empeoraría las cosas.
Mientras caminaba, a paso muy lento, tan lento como su diminuta paciencia le permitía, observaba los rostros de la gente extraña caminando por allí. Hombres y mujeres de todas las edades circulaban, todos como absortos mirando al horizonte, sin embargo hubo, entre los cientos que pasaban, uno especial. Más que un simple rostro. Había visto una mujer. Una mujer de una belleza impresionante, enmudecedora, que casi podía llorar. Su cabello se veía como si alguien la hubiese escogido desde lo alto y la iluminase solo a ella, desprendiendo un brillo suave y claro, tal como en las películas que él tanto amaba. Se quedó mirándola al tiempo que caminaba mientras se percataba que todo iba en cámara lenta. Se preguntaba una y mil cosas. ¿Cuál será su nombre? ¿Qué afortunado hombre será quien bese tan deseables labios? Profundamente atraído por la belleza de sus ojos verdes, cuando de pronto ocurrió algo memorable, algo que de seguro recordaría hasta el último de sus días en esta tierra: Ella devolvió la mirada, cruzando su vista a la suya, al tiempo que mostraba una amplia sonrisa enmarcada por unos labios tan rojos como una manzana recién cosechada, la sonrisa más bella, grande y brillante que jamás había visto. Fue cuando acabó de darse cuenta que la razón mayor que lo tenía allí tenía que ver con esa mujer.
Muy claro tenía que no debía quitarle la vista de encima, pues ello aumentaba las posibilidades de cruzar palabras con ella, hasta que sus rumbos se cruzaron, pero ella siguió de largo. Él no le quitaba la vista de encima, giró la cabeza y ella también al tiempo que le ofrecía su sonrisa, pero de pronto todo se puso negro. Ya no podía ver más esa dulce sonrisa que tanto le gustó y cautivó. Gritos... sirenas... luces... la gente se agolpó como de costumbre, como si hubiera alguna entretención callejera que mirar, sin embargo lo único allí había era el cuerpo sin vida de aquél hombre que había cambiado su rutina, había finalizado su existencia con una sonrisa enmarcada por sus labios rojos, cubiertos de su propia sangre.

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