"El pequeño visitante"
Capítulo primero
Sentada en su sillón favorito, una poltrona tapizada de cuero que le había regalado su amigo Francisco, veía televisión. Tarde, cerca de las dos de la madrugada, Antonia estaba sola. Sola a oscuras, viendo su programa favorito. Desde pequeña, Antonia había desarrollado un gusto especial por todo aquello que hablara de lo escondido, de demonios y ángeles, sucesos paranormales y extraterrestres come-hombres visitando la tierra, y aunque muchas veces sufría de escalofríos y un fuerte miedo, no podía dejar de verlos, sola en el living.
Esa noche hacía mucho frío y, durante un comercial, el teléfono sonó. Al cabo de unos segundos el teléfono sonó una segunda vez... Luego el teléfono sonó una tercera vez.
—¿Aló? —dijo Antonia, sin poder escuchar ningún sonido del otro lado. Pensó que debía ser un número equivocado, mientras caminaba, cerrando su bata, hacia el sillón; al tiempo que todo el primer piso relucía con la televisión.
Antonia se sentó cómoda y, dándole un gran susto, el teléfono sonó nuevamente. Se puso de pie, inexplicablemente nerviosa, y caminó dubitativa hacia el aparato. Levantó el auricular levemente temblorosa, sin saber el porqué, y alzó la voz.
—¿Aló? —repitió Antonia con voz temblorosa, en tanto revisaba en el visor del teléfono el número de donde provenía la llamada. Andrés decía el visor. El número de su Andrés se veía en la pantalla.
Su Andrés, que había venido desde Valdivia por unas semanas y estaba tomando una siesta desde hace unas horas en el segundo piso. Pensó que seguramente le estaba jugando una broma e intentando asustarla. Tomó un par de pasos y encendió la luz del comedor.
—¡Andrés!... ¡Andresito!... ¿Eres tú? —gritó Antonia desde la base de la escalera, buscando una respuesta.
Desde arriba sólo se podía oír el silencio absoluto.
—¡Andrés!... ¡Andresito!... ¿Eres tú? —repitió Antonia gritando, marcando el número de celular de Andrés en el teléfono.
—Esta llamada será transferida al buzón de... —Antonia cortó. No oyó nada. Sólo silencio se escuchaba desde arriba.
Antonia decidió subir las escaleras e ir a vigilar a Andrés. Sólo a mirar qué estaba haciendo. Mientras subía la escalera, pensó en su interior y se hizo un panorama optimista de lo que tal vez estaba ocurriendo. Pensó e imaginó a Andrés con audífonos oyendo música, imposibilitado de oír el teléfono. Sabía que aquéllo no explicaba el desvío al buzón de voz, pero prefirió ignorar su instinto, todo mientras subía el primer escalón de la larga escalera.
Antonia subía uno a uno los escalones, inquieta. Nerviosa e inquieta, claro, por la situación, y pensando cosas cada ves más inverosímiles y conspirativas.
«Quizá lo mataron... ¡No!... ¡Imposible», pensó Antonia, cerca ya de la mitad de la escalera. Volvió a llamar hacia arriba, en un intento por salir de su vorágine imaginativa, sin embargo, no tuvo respuesta.
Ya cuando se aprestaba a pisar el siguiente escalón, oyó pasos arriba. No eran pasos comunes y corrientes como de un ser humano caminando, sino más bien se oían como hechos por una criatura descalza, de poco tamaño, y que hubiese corrido por el pasillo, de un extremo a otro, a una velocidad increíble.
Antonia, asustadísima por lo que acababa de oír, subió corriendo lo que restaba de escaleras, llegó a la habitación de Andrés, ubicada hacia el final del pasillo, abrió la puerta de golpe, y se quedó como congelada observando la cama de Andrés, completamente impactada.